miércoles, 5 de marzo de 2014

De acentos va la cosa

Dice un dicho muy utilizado en mi familia que «no importa que me llames "puta" sino el retintín con el que me lo digas». De hecho, en mi familia somos muy malhablados. ¿Para qué mentir? Nos llamamos de lo último de la baraja sin perder la sonrisa en la boca, porque por el tono sabemos perfectamente qué es realmente lo que subyace bajo las palabras que a otro le harían hacer mutis por el foro con la mayor de las ofensas.

De este dicho me acuerdo siempre que salgo por ahí y hablo con los madrileños con los que me encuentro. Y es que el acento que tienen los madrileños —y al primero que me diga que, por haberse convertido arbitrariamente en la capital, deja de ser un acento, le hago un tacto rectal sin vaselina y a traición— es sumamente chocante para el común de los canarios. Me explico:

Todo español peninsular que va a Canarias o conoce a un canario sale de tal encuentro con una de dos opiniones: o que estamos aplatanados o que tenemos un acento muy dulce —o ambas a la vez—. Y es que Canarias, por lo general —por supuesto, excepciones hay, como en todos lados—, gracias a sus puertos y su situación estratégica entre Europa, África y América; es una tierra que se ha acostumbrado a lo largo de siglos a ser refugio de gente de todos lados: españoles, portugueses, holandeses, ingleses, venezolanos, cubanos, alemanes, marroquíes... Somos una suerte de melting pot en miniatura que poco tiene que envidiar a la mezcolanza de los Estados Unidos de América. También somos muy conscientes de nuestro pasado emigrante, hasta el punto de que consideramos a Venezuela como la «octava isla». Por si fuera poco, desde los años 60 del siglo XX, Canarias se estableció como uno de los mayores destinos turísticos que hay, y esto favoreció el florecimiento de las islas y sus ciudades y pueblos. Como consecuencia de esto, el resultado es una gente acostumbrada a recibir gente: abierta, amable y hospitalaria. Nuestro seseo y nuestra entonación cantarina confabulan con este carácter, que nos lleva a desviarnos del camino para acompañar a quien nos pregunta cómo llegar a un sitio hasta su destino o lo más cerca que podamos, para conseguirnos una reputación muy positiva.

Quizás es por esta costumbre de que nuestro acento sea tan suave y dulce, que cuando llegamos a tierras más norteñas como es mi caso y nos encontremos con una amabilidad menos efusiva —que no más pequeña ni mucho menos inexistente— y el acento madrileño, nos quedemos muchas veces con el ceño fruncido antes de bajar las cejas con tristeza al no saber si hemos sido bien recibidos. Y es que a muchos de los que «emigramos» desde la Macaronesia, esas eses casi siseadas al final de los plurales y ese tono de chulería tan típica de Madriz nos suena, si nos coge desprevenidos, como si estuvieran enfadados con nosotros. Y uno se da cuenta pronto de que no hay enfado que valga. ¡Al contrario! Como cualquier buena persona que se precie, te ayudan con toda su amabilidad, y la diferencia operativa es realmente casi nula, y todo se queda en un simple choque cultural. Y es que 1.700 kilómetros de distancia dan para transculturalidad de sobra, por mucho que la televisión y este gobierno nacional nuestro nos una a todos tanto —en la disconformidad y el hastío también se une a la gente, ¿no es cierto?—.

Ahora que se aproxima un futuro laboral en estas tierras capitalinas me pregunto si acabaré terminando de acostumbrarme, si no bajaré alguna vez la guardia y me sienta ofendido por algo que ha sido dicho con la mayor de las inocencias, o si quizás acabará por pegárseme a fuerza de costumbre y vuelva a mi tierra con una chulería ajena, ces y zetas perfectamente diferenciadas, eses siseadas, «ejques», o leísmos y laísmos tan impropios de mí. Ya MIRaremos...

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