viernes, 28 de febrero de 2014

Aritmotimia II — El número de marras


Y es que esto del MIR acaba por trastocarte totalmente, y la aritmotimia, después de haber hecho el fatídico examen, abandona el aura de los simulacros para trasladarse al examen de verdad. Desde el mismo 2 de febrero empezaron las estimaciones de las academias, sus estadísticas, sus comparativas con el año pasado. Para ellos no son sino una forma de conseguir que los opositores se queden con buenas opiniones de ellos, aunque sean alumnos de la competencia, y de empezar a ver por dónde van los tiros con sus resultados. Por lo que parece, la academia con la que yo he estudiado es la que se alza este año con el inventado galardón de «los mejores resultados». Estoy convencido de que, estadísticamente, la diferencia ha de ser mínima, y tengo mis opiniones al respecto de por qué los resultados de una pueden ser mejores que la otra y, pidiéndoles perdón a todas ellas, temo que dependa más del historial de sus estudiantes que de la academia en sí.

Pero el caso es que por fin hay números oficiales. La verdad es que se me había olvidado hasta las doce y algo, pero probablemente muchos de los MIRandos de este año han estado, como si fuera el día de Nochevieja, pendientes de que el reloj marcase las 0:00 (realmente las 0:01) del 28 de febrero. Y probablemente haya muchas sorpresas buenas, otras tantas no tan buenas, y algunos que han sacado aproximadamente lo que esperaban.

Y yo, mis queridos lectores de este blog, no puedo sentirme más abrumado y gratamente sorprendido por el número provisional que me asigna el Ministerio de Sanidad. Yo tenía unas expectativas relativamente altas, al menos en comparación con la generalidad. Esperaba tener número para coger la especialidad que quiero con cierto grado de seguridad, pero la verdad es que durante la preparación me sentí a veces tan agobiado por la cantidad de materia, y por saber que hay muchísima gente preparándose para lo mismo, con técnicas de estudio que definitivamente son de más calidad que mi chiripitifláutico «aquí-te-pillo-aquí-te-mato». Pero la cosa ha salido muchísimo mejor de lo que yo me esperaba, muy pero que muy por encima de los números que yo barajaba durante la preparación.

A falta de las últimas alteraciones, que según comentan por ahí son de poca magnitud, mi número de orden provisional es...

155

Este número no significa, a fin de cuentas, nada más que el orden aproximado en el que elegiré; pero no puedo dejar de estar muy feliz porque sé que un número así me da una libertad prácticamente completa para elegir una de las plazas de entre las que más me interesan. A estas tres cifras, que realmente no significan nada más que un orden en el que elegir y en absoluto se refieren a la calidad de nadie como médico —ni siquiera como estudiante, porque en el MIR hay mucho de circunstancial— se reducen los meses de estudio, y en cierto modo es un poco ridículo, pero por otra parte me demuestran que debo tener confianza en mí mismo y en que puedo lograr los objetivos que me marco si soy capaz de concentrarme en ello.

Por enésima vez, lo único que me sale es darles gracias a todos los que me han acompañado y soportado durante este último año: mi ausencia, mi mal humor, mi cara de cansancio, mis bajones, mis ganas de presentarme a lo loco sin estudiar, mi rabia por tener que hacer un examen más después de seis años para poder trabajar en lo que quiero... De nuevo, y no me cansaré de repetirlo, ¡muchas gracias! Por tonto que les parezca, en persona, por Skype, por Twitter, por Whatsapp y por todas esos medios, se han convertido en parte de esta etapa, en un gran apoyo y este resultado feliz es también gracias a ustedes. Gracias. Mil veces, gracias.

jueves, 27 de febrero de 2014

Al revés del pepino


No paro de leer consejos para la elección de especialidad y hospital, ni de pedir más. A fin de cuentas, toda información es poca, ¿no? Pero me pasa lo que me pasa cuando recibo mucha información de golpe, que a ratos me saturo y tengo que ventilar mi cerebro un rato, así que me dedico a la lectura, a mi búsqueda de trabajo precario para aguantar de aquí a mayo, a ver series, o a vaguear un poco sin más.

Y en esos ratos digo yo:

¿Pero qué estoy haciendo si yo siempre soy al revés del pepino?

¿Qué quiere decir esto? Que yo siempre soy el raro, y al que todo le sale justo al revés de como dice la gente. Me decían que tendría que estudiar diez horas diarias y sacrificar absolutamente todo lo que hay de bueno en esta vida para el MIR y finalmente me ha salido un examen muy bueno. Cuando todo el mundo me decía que una asignatura era horrorosa, a mí finalmente me encantaba.

Por eso, a veces me planteo si es bueno, en mi caso, escuchar tantos consejos y más para una especialidad tan variable y versátil como es la Medicina Interna. Sé que hay muchas cosas que me interesan, y sé que no me importarían algunas de las cosas que para otros son lo principal a evitar. Por el contrario, hay cosas que para otros son un mal necesario al que se resignan y algunos incluso abrazan con interés, y que para mí alcanzan casi el rango de tabú.

Sea como sea, mañana iré a las Jornadas Postmir que organiza la que ha sido mi academia para ser duchado con información —y me da miedo salir saturado—, y sobre todo, a reencontrarme con amigos que también asistirán. Y poco a poco iré haciendo la tournée y contando por aquí mis impresiones sobre los sitios.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Esto de vivir por tu cuenta


Una de las cosas que quería probar a hacer en estas vacaciones era a intentar ver cómo soy capaz de apañármelas viviendo por mi cuenta, con mis recursos, bajo mi mayor o menor capacidad de administración. Y eso estoy haciendo. A fin de cuentas, mi intención es hacer la residencia fuera de mi ciudad de origen, y como no tengo mucha familia por ahí, voy a tener que depender de mí mismo sí o sí.

Pues a lo tonto estoy aprendiendo muchas cosas. Por ejemplo, que cuando empiezas a vivir en cualquier sitio, el primer mes probablemente vas a gastar mucho más que los siguientes. Tendré que comprobar qué tal me va los siguientes meses, pero esta primera semana está llena de lo que he tenido a bien llamar gastos cero, o sean aquellos que vas a gastar una sola vez porque son cosas que necesitas. Son cosas imperecederas o cosas que van a tardar mucho en gastarse y en mi caso concreto, dado que estaré aquí unos 3 o 4 meses, quizás solo tenga que comprarlos una vez más. Hablo de cosas como paños de cocina, ropa de cama, accesorios de aseo personal, pinzas de la ropa, o incluso jabón de manos —que, bien administrado, en manos de una sola persona dura mucho—.

Otra cosa de la que me he dado cuenta es de que tengo complejo de «papá gallo». Estoy tan acostumbrado a tener que encargarme de cosas domésticas que me sale solo limpiarlo todo, ordenarlo, y me da urticaria dejar cosas tiradas por ahí. Intento controlarme, entre otras cosas porque no quiero que mis compañeros de casa me tomen como el asistente doméstico gratuito, pero de mis cosas difícilmente tengan que hacerse cargo excepto puntualmente y por pura bondad espontánea. Como dije en una entrada hace tiempo, soy un poco como Bree Van de Kamp: perfeccionista —hay quien me acusaría de obsesivo— y hacendoso. Vamos, un marujo cualquiera.

Dentro de 9 días, según la página del Ministerio de Sanidad, saldrá la relación de resultados provisionales, donde podré ver hasta qué punto las academias han acertado o fallado con mi  estimación, aunque aún estará sujeto a cambios en función de las alegaciones que se hagan. Aunque los resultados augurados por los distintos estimadores son desorbitadamente buenos para lo que yo me imaginaba, no quiero pecar de exceso de confianza y, en principio, dejo la gira por los hospitales para cuando tenga un acercamiento más fiable a mi puesto final, no por nada, sino por saber exactamente con qué grado de optimismo o pesimismo enfrentarme a cada potencial plaza.

sábado, 15 de febrero de 2014

Pues ya estoy aquí



Pues ya estoy en Madrid. Bueno, siendo exactos, en Pozuelo de Alarcón, que será mi «humilde morada» durante los próximos meses. De momento, este invierno solo es ligeramente más lluvioso que en Las Palmas, y la diferencia de temperaturas entre el día y la noche es algo más notoria, pero tampoco es que sea para tirarse de los pelos. ¡Me han timado! Yo quería frío del de verdad, y venía hasta con miedo a venir poco abrigado. Pues na de na de na. 

Dirán los lugareños: «Este canario está loco», pero ande yo caliente —o mejor, frío—, ríase la gente. Acostumbrado como estoy a las temperaturas estables rondando los 20ºC durante prácticamente todo el año, y a tener que subir a la cumbre para experimentar frío de verdad —y raramente baja de los 5ºC—, para mí esto es toda una experiencia nueva. Igual que el vivir por mi cuenta —bueno, en una casa compartida, pero ustedes me entienden— y ser yo el único responsable de qué compro, cuánto y por qué.

De momento lo que estoy es cansado. El ajetreo de los últimos días —despedidas, compras de última hora, papeleos...— se ha sumado al miedo que me dan los viajes en avión, y creo que a mi espalda aún le queda un tiempo para terminar de descontracturar todos esos productos de la tensión acumulada. El primer día, de hecho, estuvo ligeramente nublado por una descomposición general de mi estado general y un cansancio atroz, que se ha ido aliviando progresivamente pero aún sigue ahí, acuciado —supongo— por lo grisáceo de los días, que aunque me gusta, es capaz de sumirme en una leve pero cómoda melancolía, de esa que tanto gustaba a Machado —y no quiero con esto compararme a tamaña luminaria de las letras españolas.

Pero poco a poco espero ir cogiendo soltura y energía para enfrentarme a los nuevos retos de esta etapa que empiezo: buscar algún trabajillo que me permita engrosar un poco el colchón monetario con el que me he venido, hacer algo de turismo, que nunca viene mal, y la famosa tournée por los hospitales madrileños en busca del elegido —o no, quizás no esté aquí mi futuro profesional, ¿quién sabe?—. Intentaré tener algo más de fundamento —«ser más responsable» en canario básico— y actualizar este blog con más asiduidad y aprovechar para contar a quien tenga a bien leerme cómo va esa gira hospitalaria y qué cosas voy descubriendo. 

Y aunque hace tiempo que no lo digo, sobre el resto... ya MIRaremos.


PD: Aprovecho para agradecer a mi amigo Imanol por recordarme este tema de Bunbury con el que me deseaba suerte en este periplo. ¡Gracias!

lunes, 10 de febrero de 2014

Quiero estudiar y no sé el qué


Soy un friki redomado. Y punto.

Ando estos días buscando algo que ponerme a estudiar aprovechando mi recién adquirida libertad. Y no sé cuál de mis libros atacar o si irme a la biblioteca a por material distinto. Tengo una 16ª edición del Harrison «de bolsillo» (de Mary Poppins), que es mi víctima potencial más probable, a pesar de que haya sido superada por sus ediciones más recientes. Tengo mi minitratado de psicofarmacología, al que le echaré seguramente más que un ojo... Pero quiero más. Voy a tener muchas mañanas aburridas de aquí a abril, así que no me vendría nada mal algo que hacer aparte de jugar a juegos online y rol por web. 

¿Alguna idea?

sábado, 8 de febrero de 2014

Dialéctica


Soy una persona que siempre está abierta al debate. Tengo la mayor parte de mis ideas bastante claras, pero acepto siempre el debate, porque creo que enriquece, y porque la idea de cambiar de opinión no me genera un terror absoluto, como sí lo hace en muchas personas. Y a pesar del buen rollo que suelo llevar en este blog, es de estas personas en general que vengo a hablar.

Si hay algo que me cansa y me frustra es hacer el esfuerzo de tratar de dialogar con educación y respeto, esperando mi turno y contestando siempre a la otra persona, tanto si sigue sin convencerme como si lo ha hecho, para reconocer que tiene razón; para recibir un trato completamente contrario. A esto añado además la manía de mucha gente de tutear a quien no le ha dado permiso para hacerlo, incluso cuando el tuteado insiste en mantener las formas y las distancias con un sano «usted». Soy perfectamente consciente de que la verdad absoluta se me escapa, como se nos escapa a todos los mortales. Pero ser consciente de esto, temo, es algo que no todos comparten. 

Hay personas con cuyas ideas estoy de acuerdo, pero cuya forma de dialogar me resulta absolutamente desagradable. Son esas personas que parecen sentar cátedra con cada palabra que dicen, que «saben» que son «superiores» y no dudan en dejarlo ver por medio del sarcasmo y el descrédito. Son la muestra de que esta sociedad funciona al estilo «Sálvame», pero con el problema añadido de que suelen ser personas inteligentes, con estudios, y eso les permite acceso a unos conocimientos que no dudan en usar como una losa para aplastar a sus interlocutores.

También tienen la costumbre de «lanzar la piedra y esconder la mano». Usan el sarcasmo para dañar al interlocutor y ridiculizarlo, en vez de intentar explicarle lo incorrecto de su razonamiento, y cuando el otro participante se queja de estos ataques aluden a que, al haber hecho uso del sarcasmo, no se han referido directamente a nada ni a nadie y rubrican su táctica con otra forma de ridiculizar que es reírse de quien «se ha sentido aludido». A mi juicio esto es una muestra tremenda de cobardía, como lo es todo lo que hacen estas personas.

¿Por qué cobardía? Pues porque una persona que está segura de lo que piensa no tiene la necesidad de defenderlo con esa acritud. Una persona que sabe que lo que dice tiene una base lógica y es difícilmente refutable, no tiene por qué ridiculizar al otro: sus argumentos dejarán claro quién tiene la razón. Y aún si no es así, la mera tranquilidad interna de saberse más versado en el tema debería bastar para apaciguar los ánimos. O, y espero no ser un revolucionario o reaccionario con esto, quizás valga la pena revisar los propios argumentos y posiciones para valorar si no será de recibo un cambio de opinión. 

Me hace, sinceramente, mucha gracia que estas personas que aluden al «sentirse aludido» (ante un ataque más que claro) como muestra de una «culpabilidad» inventada por ellos, que también tienen la costumbre de denunciar en el otro una capacidad de asociarles razones subterfugias que ellos nunca han expresado (un error que muchos cometen), luego sean los primeros en «completar» las frases del otro con cosas que no ha dicho, en dar por hecho motivos e idearios enteros a partir de una sola frase.

Todas esas personas que se apresuran a pegar con un látigo a otros por sus opiniones con el argumento de que nadie (más) posee la verdad absoluta quizá merecen saber una cosa: ellos tampoco la tienen.

lunes, 3 de febrero de 2014

MIRado - 235 preguntas después


A las 13:40 cogemos el coche hacia el campus universitario en el que haré el examen. Mi tía se equivoca de camino y nos reímos por haber hecho bien en ir con tiempo. Llegamos a las 14:00 entre repostar y cambio de ruta. Llego y reconozco a una de mis compañeras, que a lo tonto ha sido de las que más contacto ha tenido conmigo durante estos meses, sobre todo los últimos a través del Twitter. Nos saludamos y soy abordado por los comerciales de las academias, que me dan los listados de plazas del año pasado. Yo lo guardo todo en mi mochila y progresivamente voy reconociendo más caras. 

Estoy tranquilo. Extrañamente tranquilo. Lo llevo todo encima: DNI, tres bolígrafos, tres Kit-Kats, tres paquetes de pañuelos para mi resfriado, un vasito de plástico, cucharilla, botella de agua y sobre de ibuprofeno. Compruebo que salgo en la lista y sigo saludando. Se respira ese extraño tabú que hay alrededor del «cómo lo llevas». Yo nunca he sido de preguntarlo, pero cuando le preguntan a uno parece que dicta el convenio que hay que responder igual, y acaba uno siempre recibiendo una respuesta críptica. Total, conversaciones de besugos que no llegan a nada, pero parecen rebajar los nervios de los más ansiosos.

Empieza a llover y nos dejan entrar a la facultad para resguardarnos. Entro hecho una sopa con mi ropa nueva que mi familia tanto se había empeñado en que usara para el «día M», y me seco con un par de pañuelos el pelo para no parecer un perro callejero empapado. Pero aún así, estoy contento. Me alegra ver caras conocidas después de tanto tiempo y saber que la liberación está tan próxima.

Localizamos nuestras aulas, vamos al baño, sacamos las cosas para tenerlas a mano al entrar y empiezan a llamar. Yo soy de los últimos así que voy despidiendo a la mayoría de mis compañeros deseándoles suerte. Entro y me doy cuenta de que soy un despistado y casi no le enseño el DNI a la mujer de la mesa. Llego a la mesa que me es asignada y descargo todos mis bártulos. Reparten. Mi hoja de respuestas tiene una mancha de impresión que cruza entera una fila de preguntas, así que consulto si debería cambiarla. Me dicen que se lee, así que no hay ningún problema. Empiezo.

Lo primero son las imágenes, algunas de muy buena calidad y otras bastante malas, que me dejan muchísimas dudas o incluso en blanco hasta que me decido a mirarlas en distintos ángulos, muy del estilo El Ojo Mágico. Sigo haciendo preguntas y mi versión, la 7, empieza por lo que en mi academia llaman «Miscelánea»: Genética, Anatomía, Anatomía Patológica, Fisiología, Farmacología... Son preguntas que siempre generan dudas: después de todo, uno no se reestudia el Guyton ni el Netter antes del MIR, y a veces las preguntas son tan específicas que o se dejan en blanco o se rebusca en el baúl de los recuerdos y se arriesga esperando que la memoria sea de confianza. Sigo y empiezo a reconocer temas mejor llevados: Digestivo y Cardiología. Dos de las grandes y gordas, con las que me consuela ver que me siento relativamente seguro. Llego a la pregunta 70 y decido pasar respuestas a la plantilla. Cuando me doy cuenta, he dejado muchísimas en blanco por el momento, pero quizás sea mejor así para que al repasar me llamen más la atención. Voy bien de tiempo, así que podré darle una vuelta más al examen. Continúo y el examen termina con Psiquiatría antes de las preguntas de reserva: al menos acabo relativamente relajado. Pero cuando termino me doy cuenta de la tremenda cantidad de preguntas que tengo pendientes de revisar. 

Las reviso y mi sensación de inseguridad va creciendo. Me duele la garganta y los ganglios, y noto una neblina ante los ojos. ¿Me está dando fiebre? Decido cortarla rápidamente disolviendo el ibuprofeno, like a sir, en el vasito con la cucharilla. Voy repasando. Hay preguntas que sé que debería saberme, pero que me hacen dudar. Empiezo a ponerme nervioso e intento relajarme, porque incluso antes que los conocimientos, en este tipo de pruebas es muy importante manejar las propias emociones, tolerar la incertidumbre y confiar en uno mismo. Si eso falla, los conocimientos pueden quedarse bloqueados sin salir, por muchos que sean. Y nunca olvidar el sentido común.

Sé que lo llevo bien. Si dudo incluso entre cuatro, arriesgo. Hasta ahora me ha ido bien. Pienso que el examen es difícil y hasta ahora los simulacros más complicados me han beneficiado. Decido hacer caso a la academia: «esto es otro simulacro más», así que confío en el conocimiento subyacente y recuerdo a Miriam: «en el MIR se tiene que dudar», así que arriesgo y pienso que no voy a cambiar mi proceder porque este sea el examen oficial.

Termino y dejo una en blanco. Descartaría dos, pero ni siquiera estoy seguro de si estoy descartando por conocimientos o por intuición. Reviso pregunta por pregunta si las he pasado bien a la plantilla y compruebo que, efectivamente, así es. La primera vez en siete meses que no me equivoco al menos en una. Sonrío al darme cuenta de que me conozco bien: «Durante el examen sé que estaré más atento a eso», decía a mi Solecillo cuando se preocupaba por ese tipo de patinazos. 

Lo entrego, y casi tengo que forzarme a pensar en que debería tener miedo de estar actuando con demasiada premura, así que no. He hecho el examen lo mejor que he podido. Sé mucho. Puedo con esto. Si remiro, cambiaré demasiadas y quizás sea peor el remedio que la enfermedad, así que sin miedo, solo pregunto si podré recoger el cuadernillo aunque salga del aula. Me dicen que sí, así que salgo a respirar. Hay compañeros de promoción que no se presentan este año con pancartas y felicitan a todos los que salimos con vítores. Me arrancan una sonrisa a pesar del resfriado. Y me doy cuenta de que ya está. De que soy libre.

Llamo a mi Solecillo. A mi familia. Escribo a mis amigos. Algunos me llaman. Y solo puedo decir que el examen ha sido raro. Bastante raro. Muchas cosas generales y pocas cosas típicas. Más que difícil per se, ha sido «descolocador». Las cosas que nos han machacado y remachacado en las academias han caído casi marginalmente. Pero hasta que no tenga perspectiva no puedo decir si creo que ha sido bueno o malo. Y aún así, tengo buena sensación.

Me voy a descansar y quemo parte del libro de preguntas de respuestas de exámenes anteriores. Es una liberación ver cómo arde en verde (¿cobre en la tinta?). El resto lo reciclaré, una vez hecho el acto simbólico de rito de paso. Caigo rendido por mucho que intento recuperar mi normalidad trasnochadora. 

Estoy feliz. Porque, doscientos veintidós días después, doscientas treinta y cinco preguntas después, se acabó.


sábado, 1 de febrero de 2014

MIRando - 222


Desde el 24 de junio de 2013 a hoy, 1 de febrero, hay un número curioso de días, doscientos veintidós (222). Estos 222 días han sido sin duda curiosos, quizás incluso extraños. Yo soy un enamorado de esta vocación mía que es la Medicina, pero he de reconocer que nunca he sido el mejor estudiante, en lo que a estudiar propiamente se refiere, valga la redundancia. Nunca me ha gustado sentarme obligado a leer legajos y legajos llenos de datos que realmente no me interesaban ni me iban a resultar útiles el día de mañana en la práctica clínica de verdad. Yo siempre fui más de cogerme el Harrison una tarde tranquila a curiosear sobre alguna enfermedad que me resultara interesante, o incluso el libro de Patología General del Dr. Sisinio de Castro, hoy editado por mi admirado profesor de Enfermedades Infecciosas, el Dr. José Luis Pérez Arellano. Friki que es uno. Así que no es una sorpresa que estos doscientos veintidós días hayan sido una pelea constante conmigo mismo, sobre todo con aquellas asignaturas que menos me gustaban o que más se centraban en los datos concretos que, a la hora de la verdad, siempre tendré que consultar porque, como muy bien dicen las academias que preparan a la gente para el MIR, la memoria es finita.

Pero como he dicho en más de una ocasión, y hoy no quiero detenerme en los agradecimientos que ya dediqué hace dos entradas, este camino ha sido mucho más llevadero gracias a mi familia (donde incluyo a mi Solecillo ya), mis amigos, mis compañeros MIReros y este híbrido de «blogosfera» y «tuitesfera» que se ha ido formando. Es curioso como durante este repaso final se ha ido formando una especie de grupo de apoyo en Twitter, y hemos «vomitado» nuestro neuroticismo en forma de mensajes de 140 caracteres. A todos los compañeros MIR, EIR, BIR, FIR, QIR, PIR y RFIR, tuiteros y no, les deseo muchísima suerte esta tarde, especialmente a aquellos de entre los opositores que encuentran más competencia, y para los que estas pruebas resultan, por tanto, más exigentes aún de lo que ya son de por sí.

Han sido meses raros, pero ya se acaba. Hoy, a partir de las 8 de la tarde (hora canaria), seré absolutamente libre de responsabilidades que tengan que ver con la Medicina. A lo tonto, me paro a pensar, y esta sensación de auténtica libertad solo la tuve hace unos siete años, antes de entrar en la carrera. Y siento que me hace falta. Estos últimos años de mi vida han sido algo complicados por cuestiones familiares, y también, en cierto modo, me deshago de esas responsabilidades aunque sea durante un tiempo. Me tomo un tiempo para ser joven, para probar cosas nuevas, para arriesgar un poco, aunque sin volverme muy loco que no está el horno para bollos.

Lamento un poco, en retrospectiva, no haber cumplido el objetivo que me proponía con este blog al empezar mi periplo MIR. Pretendía «documentar» mi paso por esta experiencia casi ineludible para los licenciados en Medicina en España, compartir mis visiones y, como siempre he hecho en este blog, hacerlo de forma interactiva. De hecho, empecé, pero el agobio de los estudios y esto de las parejas nuevas, que siempre lo tienen a uno embobado y absorto, me han impedido hacerlo tal y como me lo había propuesto. Pero como digo, insisto en que es solo un poco lo que lo lamento, porque como ven, la alternativa no era en absoluto desagradable (y no hablo sobre el estudio).

En este mismo instante son las 12:12, así que faltan 2 horas y 48 minutos para que empiece el examen. Deséennos suerte: somos muchos los que ponemos un trocito de nuestras esperanzas y nuestras ilusiones en este examen, por tonto que pueda parecer. Para todos mis compañeros, mucha suerte y mucho ánimo. Para todos los que nos han acompañado y apoyado en el camino, ¡muchas gracias! Y para los que vienen detrás: No se asusten: Es cansino, desagradable, a veces tendrás ganas de dejarlo, te plantearás si vale la pena, si siquiera ha valido la pena estudiar la carrera y no dedicarse a algo más entretenido o menos exigente; pero cuando estás donde estamos ahora, al borde del «precipicio», no tienes sino ganas de tirarte al agua y que venga lo que tenga que venir. Estoy feliz. Estoy contento. Tengo confianza. Sé que he trabajado, lo mejor que he podido y he sabido, y sean cuales sean, confío en que los frutos de ese esfuerzo habrán valido la pena.