martes, 17 de diciembre de 2013

MIRando, MIRando... te vi


Dicen que la época del MIR es mala para las parejas. Que aquellas que llegan estables a él acaban por desmoronarse bajo la presión, los cambios de humor, y las exigencias. No hablemos ya de cuando son dos opositores, cuyos resultados en los simulacros y expectativas de futuro pierden el anonimato de las aplicaciones informáticas y tienen cara donde proyectar todas sus frustraciones. Aquellas entre un médico y alguien que no lo es parecen también sufrir por la incomprensión del ajeno a este gremio, que no entiende por qué un examen que no deja de ser lo que le llevan enseñando durante seis años causa tantos estragos en el día a día, la arquitectura del sueño y el flujo emocional de su amado galeno recién licenciado (o repetidor, ¿quién sabe?). 

Dicen los de las academias que mientras se estudia no es el momento para hacer grandes cambios. Mudarse, tener un hijo o, para el caso que me ocupa, iniciar una nueva relación de pareja es una mala idea. Como si fueran puntos en un juego, este tipo de privilegios parece que han de comprarse con netas.

Yo digo que todo eso me da exactamente igual. Yo digo que yo empecé a estudiar el MIR de verdad el 24 de junio de 2013, y ya estaba hablando con el hombre más maravilloso del mundo. Yo digo que cada pregunta de exámenes anteriores que me miraba tenía ya más luminosidad desde que sabía que al final del día podría hablar con este chico de tan lejos y que yo sentía (y siento) tan cerca. Yo digo que la traumatología, la hematología y la oftalmología me las aprendí con la ilusión de ver algo crecer de la nada. Yo digo que el 4 de julio fue uno de mis mejores cumpleaños. Y digo que el 15 de julio ha sido el punto de partida oficial de lo que se ha convertido en el motor y el combustible para mi estudio y para, simplemente, levantarme cada día con energía suficiente. Ahora tengo un futuro. Ahora tengo un objetivo. Ahora tengo ganas de vivir de verdad.

¿De qué serviría si no, esforzarme para intentar conseguir la mejor plaza que pueda alcanzar, si no es para tener la comodidad de estar a tu lado? Y lo mejor es que has hecho, cariño, que aunque los simulacros, los seminarios y los manuales me agobien, que aunque en mi casa se desate día tras día una tormenta por la extraña vida familiar que me ha tocado tener alrededor, y todo eso a veces me llegue al corazón, me ciegue y parezca eclipsar por un momento la luz que hay en mi vida; tienes tanta fuerza, mi sol sostenido, que enseguida destrozas todo muro que haya delante de ti y vuelves a bañarlo todo. Una sonrisa, una palabra, una canción aunque sea tarareada, una carta por sorpresa en una sartén... cualquiera basta para iluminarme otra vez.

Has sido, estás siendo, y sé que serás mi compañero de viaje durante esta etapa que termina, y durante la que comienza. Estoy convencido, y me da igual sonar pretencioso, de que seguirás siéndolo durante el resto del camino. Y es que sin ti el camino estaría tan oscuro...

No temas, compañero, mi amor. No temas cuando parezca que las cosas tiemblan, cuando veas que estoy a punto de derrumbarme. Siempre he sido más fuerte de lo que me creo, tú me lo has hecho saber, tú lo has visto mejor incluso que yo. Y si además te tengo a ti, no hay nadie que me tire al suelo. No habrá nadie, ni nada, que nos derrumbe.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Miguel Hernández

Y recuerda:

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