martes, 26 de marzo de 2013

Y no nos sacamos foto...


Apareció bien escoltada. Susanita y el Terrorista flanqueaban a su señora madre, la mismísima Doctora Jomeini cuando miré hacia la entrada de la plaza. Y sí, es alta, y sí, es guapa, y sí, es un amor. Nada que no sepa todo jomeinista que la conozca aunque sea virtualmente, pero parece que al natural tiene la gente que perder por definición. Pues mentira cochina.

A pesar del catarrazo padre que decidió no dejarme dormir anoche, disfruté mucho de mi reunión con la anestesióloga (y reanimadora, y terapeuta del dolor) más popular de esta blogosfera sanitaria, y aunque solo habíamos hablado por esto de los interneces, ella misma me quitó las palabras de la boca: era como si nos conociéramos de hacía tiempo. Es lo curioso de las relaciones interpersonales a través de la red: se ha desarrollado tanto el campo de la socialización a través de Internet que uno tiene acceso a desarrollar contactos de una forma cada vez más similar a la tradicional.

Sea como sea, el caso es que fue una mañana muy agradable, que disfruté como buen fan acérrimo que soy, y más aún porque sin habérmelo esperado me llevé unos cumplidos de parte de Jomeini que me sacaron los colores, y me los siguen sacando ahora mismo. También disfruté porque me firmó el libro, ese bendito blog imaginario que le sacó la sonrisa a mi abuela y la lágrima a este sentimental que escribe este blog. Y porque conocí de primera mano a los otros dos protas de su blog, que quizás por eso de la timidez y el madrugón (que es Semana Santa, oiga) parecían mucho más buenos de lo que su madre nos deja entrever (o nos quiere hacer creer con malignidad inusitada).

Como estudiante en plena crisis existencial también agradecí mucho la conversación. Hablar del futuro con alguien que no sea de mi entorno más directo, y sobre todo alguien que ya ha pasado por dos residencias, varios hospitales —y vamos, que encima es la Jomeini y la admiración es un grado—, es algo que me sirve de mucho. Es un punto de vista nuevo, y más aún porque la situación que ella me ha pintado es sustancialmente distinta a la que se oye a pocos kilómetros al este (entiéndase en Gran Canaria). Y si acabo "traicionando" a mis raíces canarionas y trato de probar suerte en tierras chicharreras, ¿seré condenado al ostracismo pleitista*?

*Pleitista: aquel que se adscribe al antiquísimo (desde el siglo XIX, realmente) "pleito insular", la rivalidad no siempre tan sana —que se lo digan al editor de El Día— entre Tenerife y Gran Canaria.

lunes, 25 de marzo de 2013

Jomeinista pierde la dignidad tres veces durante su peregrinación

Pues sí, emprendí esta mañana una pequeña peregrinación de Semana Santa hacia la meca jomeinista, o sea, Tenerife. Como yo me conozco y sé que cuando a la Dra. Jomeini le cuadre hacer una firma de libros yo no voy a poder ir, y que me hacen falta unas vacaciones por cortas que sean, he decidido aprovechar la semana santa y los fantásticos precios de los ferrys para cogerme uno hasta la isla de al lado, ver aunque sea algo de la capital después de tantos años sin pasarme, y que Jomeini me haga una firma improvisada del libro.

¿Por qué? Porque si está además a la vista la posibilidad de emigrar, pues más difícil va a ser aún el estar para cuando Jomeini pueda organizar algo. Y porque no podía posponer más la desvirtualización teniendo en cuenta el alegrón que ha provocado el libro de Jomeini en mi casa.

Además, una buena amiga mía que es chicharrera también aunque estudia en Las Palmas ha venido a pasar las vacaciones con su familia, y así he aprovechado para verla en su hábitat natural y acompañarla a mirar vestidos para la —chan chan chan chan— orla.

Pues sí, este jomeinista que está aquí ha perdido la dignidad tres veces ya en lo que va de día. Muy precavido yo, me cogí la caja de biodraminas que le sobraban a mi hermana de su último viaje en barco, y me tomo una muy confiadamente. Claro, que eso no te protege frente a la estupidez de levantarte mientras el ferry convulsiona como la niña de El Exorcista justo después de haber comido. Vamos, que el que acabó como Regan fui yo en el baño del navío, devolviendo al mar (retrete de por medio) lo que me acababa de tomar por eso de no haber desayunado con las prisas. Y la biodramina muerta de risa.

Nada, que me duermo para pasar mejor el viaje, bendito efecto antihistamínico, y cuando llegamos al puerto, me bajo todo digno, como Marilyn Monroe del avión, con mi maleta de Mickey y Minnie —masculinidad que no falte—. Y con toda mi dignidad, me dispongo a subir las escaleras. Primer escalón, primer resbalón. Pero a pesar de mi torpeza inicial y de mi constitución digamos pícnica, o gruesa, vamos gorda; tengo reflejos y consigo recomponerme al grito de "¡Ay coño que me mato!". Y volviendo a invocar a la Monroe, me coloco los pelos, la chaqueta, las gafas y sigo subiendo hacia Santa Cruz.

Bueno, pues que pasa la tarde olvidándome de eso y me encuentro con la compi y su hermana. Vamos al Corte Inglés, y caminando veo un maniquí. Que levanta los brazos cuando llego. El grito que pegué fue del estilo de mi maleta disneyera, y las patas me llegaron a las posaderas mientras notaba el descojone general de la maniquí viviente, alias "dependienta repeinada e inexpresiva" y mis amigas acompañantes.

Si es que aunque estemos al lado, uno no puede dejar de sentirse como pez fuera del agua. Resbaloso, perdido y asustadizo. ¡Y mañana conozco a Jomeini! ¡Qué ilusión!

sábado, 16 de marzo de 2013

Caminos interiores


He comentado ya que una de las claves para mantener la cabeza en orden es tener cierto grado de introspección, saber mirar hacia el interior de nuestra mente y tratar de organizar las ideas y las emociones, cada una en su lugar. Esto suele ser muy útil para conseguir la perspectiva que muchas veces se hace necesaria a la hora de elaborar un plan, ya sea a corto plazo o un plan vital.

Últimamente —ya se habrán dado cuenta—, dado que estamos ya a mediados de marzo y se va acercando progresivamente el momento en el que termine la carrera, estoy dándole muchas vueltas a esto de qué hacer con mi futuro. Y me he dado cuenta de varias cosas que me causan un soberano dolor de cabeza al respecto. Una es lo que comenté en mi anterior entrada, la presencia de ese yo ideal que se ha fosilizado en mi cabeza y que probablemente deba dejar paso a que se lo compare al mismo nivel con otros yoes posibles. 

Y la otra es una revelación que acabo de tener caminando por ese camino de la introspección: hay determinadas personas en mi vida que son figuras de autoridad, figuras a las que les tengo mucho respeto, y frente a cuyo rechazo tengo terror. Esto es cosa de mi personalidad: aunque no me importa lo que me diga todo el mundo, hay ciertas personas por las que siento especial admiración y cuya opinión se convierte en algo de lo que dependo a veces demasiado. Y me he dado cuenta de que sobre todo hay una persona que siempre me ha animado a irme, y me da terror pensar que la decepciono. Y probablemente deba hablar con esa persona de forma seria, preguntarle si realmente son ciertos mis temores, y después valorar a solas si es lógico que esa opinión deba pesarme tanto.

Esto es un ejemplo, pero este tipo de paseos por los caminos interiores son algo muy útil para todo el mundo. No todos tenemos la misma personalidad, menos aún las mismas experiencias, y por eso es difícil proponer objetivos a los demás a no ser que uno se tome el tiempo y el esfuerzo de conocer todas esas circunstancias y entender la psicología de nuestro interlocutor. Más aún, creo que es aún mejor que eso, dar a conocer que existen formas de ser uno mismo el que encuentre qué objetivos son los que debe cumplir, ya sea a largo o a corto plazo, y cómo podrá acercarse a la tranquilidad y la felicidad.

En fin, aquí sigo dándole vueltas a la cabeza, pero con algunos hitos del camino marcados en el mapa, que siempre es bueno. Si alguno de los que están leyendo tienen algo que les reconcome, espero que se animen a caminar un poco por esos senderos de la propia mente para conocer su propio paisaje y encontrar las herramientas necesarias para continuar en esta vida real que a veces parece complicada —y suele no serlo tanto.


lunes, 11 de marzo de 2013

Contra la depresión, el lado oscuro


Doña T es una mujer de 80 años. Su vida ha sido difícil. Desde pequeña, se ha visto saltando escollos que no se esperaba, que no se merecía. El último, que su familia parezca desintegrarse ante sus ojos, sentirse culpable por cosas que no ha hecho ella, ver a sus nietos asumir responsabilidades por "exigencias del guión".

Quizás por estar acostumbrada a que muchas cosas salgan mal, siempre ha sido una mujer de carácter difícil, tristón, marcadamente pesimista. Pero desde que pasó eso último, ya no lee, ya no sale, ya no se le ocurre qué hacer de comer. La artrosis de sus rodillas parece haberse multiplicado, y el cuerpo le pesa. Las noches pasan en silencio hasta que se duerme, pensando en cómo estarán los que se han ido, en qué será de su casa, de los niños. 

Por si fuera poco, cualquier pequeño estrés la pone muy nerviosa y últimamente se olvida de muchas cosas. Los tests de función cognitiva no muestran que haya verdaderamente un deterioro, pero sí nota que se bloquea muchísimo cuando tiene que dar una respuesta, cuando hay prisa. La tristeza y la ansiedad de pronto le tapan los ojos, los oídos y la boca. 

Pero está en tratamiento con una psiquiatra, que le ha cambiado el tratamiento. Ahora parece un poco más animada, el cuerpo le pesa un poco menos y el sentido del humor regresa poco a poco. El libro que lleva meses cogiendo polvo en su mesa de noche aún sigue sin abrir, pero parece estar menos lejos que antes. Su nieto la ha acompañado a su médico de cabecera - él también va a serlo y se entera mucho mejor de lo que le dice la doctora para luego explicárselo con calma. Ha llevado consigo un libro rosado y pequeñito, "El Blog de la Doctora Jomeini". 

¿Qué es eso de un "blog"? ¿Ahora esas libretas se escriben con "g"?
No, Tata. Un blog es eso que tengo yo en internet para escribir artículos. Éste es un libro de una anestesista que yo conozco, es una versión en ficción de ella.
A ver —dice, y coge el libro sin muchos miramientos al hecho de que ha dejado al nieto a mitad de un capítulo sobre una epidural con sorpresa. Empieza a leer en voz baja, murmurando cada palabra.

De pronto, en mitad de la sala de espera, una carcajada estalla. Es ella. Es Doña T, que después de más de un año y medio ha cogido un libro y se lee tres capítulos en nada. Y se divierte, le gusta, quiere quedarse el libro en su mesa de noche. Ya tiene algo nuevo que contarle a su psiquiatra.

Y el nieto, éste que está aquí, que en el fondo es un sentimental redomado, echa unas cuantas lagrimillas de emoción y decide que tiene que agradecerle de corazón a la Doctora Jomeini que sea tan condenadamente divertida.

viernes, 8 de marzo de 2013

Ingeniero de caminos, canales y puertos


No sé cómo está la cosa en el resto de España, pero aquí en Las Palmas, los medicoblastos aprendemos más bien poco de técnicas de la clínica del día a día como, por ejemplo, canalizar vías venosas, poner intramusculares, hacer sondajes vesicales... Dado que es el personal de enfermería el que se encarga habitualmente de este tipo de operaciones, se da por hecho que nosotros no lo necesitamos en nuestra formación.

Creo que no cabe ninguna duda de lo absurdo que es este planteamiento. Primero porque en 6 años da tiempo a hacer un hueco a saber cómo se hacen estas cosas, en segundo lugar porque por mucho que los enfermeros sepan hacerlo es absurdo que, por ejemplo, sepamos qué tratamiento debemos ponerle a alguien y contemos con todas las herramientas pero, si no hay un enfermero cerca, nos veamos limitados a quedarnos mirando, y tercero porque da a entender una jerarquización demasiado rígida del trabajo que no me gusta nada. Creo imprescindible para el trabajo en equipo un conocimiento de las habilidades de todos por muy especializado que se esté en una actividad específica, para permitir la flexibilidad de ese mismo equipo y el mejor entendimiento mutuo.

Y es un problema mayor todavía si te vas a ir de España a sitios donde este tipo de cosas no recaen en la enfermería, sino en el personal médico. Allí se espera de un médico titulado que sepa llevar a cabo una serie de técnicas porque no habrá enfermero alguno cerca que le saque a uno del apuro.

Por eso, cuando me preguntaron hoy si me atrevía a pasarle una vía a un paciente me lancé p'alante, algo más confiado que de costumbre por haber puesto ayer exitosamente mi primera intramuscular a mi querida abuela, que milagrosamente no se quejó con lo exagerada que es. Cuando la enfermera y su estudiante me dijeron que lo más importante para aprender a poner vías con pacientes de verdad es ir con pinta de saber lo que haces, yo me puse la máscara de enterado de la caja de cambios que tan fácilmente me sale aunque rezaba internamente por no dejarle al señor el brazo hecho un colador.

Y allí fui, abrigado por mi compañera estudiante de medicina, el estudiante de enfermería, y la enfermera. Y hala, me pongo los condenados guantes y me pongo manos a la obra. "Estás un poco muy superficial", me dice la enfermera mientras el paciente se queja y a mí la máscara empieza a resquebrajárseme, y decido ir más profundamente: una gotita de sangre que enseguida se queda quieta cumple mis ominosas expectativas - le he hecho a la vena un estocazo digno de Jesulín de Ubrique, pero la anciana esposa de mi paciente no parecía tener, por su mirada de desconfianza, intención de tirarme amorosamente sus bragas precisamente (lo cual agradezco) y la vena de marras ya no me vale porque se va a extravasar todo. Más doloroso fue ver que al retirarla un poco quedaba perfectamente alojada en la luz del vaso y refluía con tranquilidad, tanta que hasta pena me dio tener que abandonarla una vez puesta. 

Subo por el antebrazo: un tramo recto, gordito y bueno vaticina que el segundo intento probablemente vaya mejor. De nuevo voy a la carga. Y la vena está ahí: la veo, la palpo, la fijo, y está ahí, pero la aguja parece desaparecer en un vórtice interdimensional y por mucho que busco, no encuentro el tacto propio de estar dentro de la vena, y no refluye nada, aunque si sigo intentándolo probablemente empiecen a salir cilindros de grasa subcutánea por ahí. Decido darme por vencido y miro a la enfermera con cara de perro apaleado, el último cachito de la máscara de seguridad colgando patéticamente de un pelo despeinado de la barba.

Nada, sigue tú, porque hoy no es mi día y el señor me va a querer matar... —le digo, reconociendo mi derrota. Aunque sé que Roma no se construyó en un día, el haber tenido que ponerme la cara de confianza me hizo creerme que sería una buena primera vez. Pero ya se sabe, en esto de meter cosas, la primera vez siempre es un desastre. Y digan lo que digan sobre las películas, de la segunda intentona solo puedo decir que ya veremos.

jueves, 7 de marzo de 2013

Sorprendido



Esta breve entrada es para manifestar mi sorpresa, agradecimiento y estupefacción ante el hecho de que he sido citado en el blog de la revista Actualización en Medicina de Familia de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria. De hecho, lo que escribo en mi post Aventuras en Primaria 8 - El final ha servido incluso para dar título a la entrada.

Me enteré por casualidades de la vida. Acompañaba a mi abuela a su médico de familia y ella estaba leyendo el libro El Blog de la Doctora Jomeini, de la mismísima Jomeini, lo cual me ha emocionado porque la mujer llevaba más de un año muy deprimida y desganada de hacer cosas que siempre le habían gustado, como leer. Y al ver el libro, mi médico me ha preguntado si yo escribo un blog, porque cree que ha leído un post. Y ahí me ha dado la inmensa sorpresa cuando le he podido confirmar que sí, que el susodicho bloggero soy yo. 

Me alegra muchísimo que haya gustado tanto a los redactores del blog, y doy muchísimas gracias por haberlo mencionado.

lunes, 4 de marzo de 2013

La década de tu vida

No sé si es deformación profesional de algún tipo, simple pedanterío y ganas de complicar las cosas, o qué; pero muchas veces los médicos desarrollan ciertas expresiones, casi frases hechas, que aparecen mucho en los textos.

Tal es el caso de "relativamente frecuente", que merece un post aparte (y probablemente lo tendrá), que abarca un rango de frecuencia entre un caso al lustro y uno al mes, todo esto en un intervalo de confianza del 80%, no se me entusiasmen y lo que me ocupa hoy tras haber leído los apuntes de Cardiología: "la {insértese determinante numeral ordinal} década de la vida". El problema es que cuando se usa tan profusamente, se corre el riesgo de que aparezcan usuarios de esa expresión que no se paran a pensarlo muy bien. De hecho, cuando preguntas, al menos a los estudiantes, unos te dirán una cosa y otros otra. ¿A qué me refiero? A lo siguiente:
  • Es relativamente frecuente (por tocar la moral) que esta enfermedad haga su aparición en la segunda o la tercera década de la vida.
Algunos entenderán entre los 10 y los 29 años, mientras que otros entenderán entre los 20 y los 39. Desde el punto de vista puramente científico y lógico, la segunda década de la vida es la que comprende los segundos diez años de la vida de un individuo (y tengo que añadir un "valga la redundancia", porque es desagradablemente redundante, a pesar de necesario), entiéndase entre los diez años de edad y los diecinueve. Véanse los años separados de diez en diez por corchetes, estando la segunda remarcada en negrita:

[0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 , 9], [10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19], [20...

De manera normal, esperaría que no hiciera falta esta clarificación, pero he descubierto que hace falta: el primero año es el 0, porque los niños cuando nacen no tienen 1 año. Por eso, la década, al menos biológicamente, dura hasta el momento inmediatamente anterior a que se cumplan 3.652 ó 3.653 días, o sea 10 años, de vida.

En la práctica no es necesario ser tan estricto, pero a lo que voy yo no es tanto a la delimitación exacta de las décadas, sino a su correcta denominación. Si la primera década es la que tiene, en las decenas, un 0; la cuarta será la de los treintañeros, y la de los octogenarios será la novena.

En lo que no termino de confiar es en que todos los autores que lo usen se paren a pensarlo. ¿Puede esto causar errores? Imagino que, a la hora de la verdad, a fuerza de verlo en la práctica clínica (al menos en los casos frecuentes, relativa o absolutamente), cualquier duda sobre lo que se haya leído se disipará, y cualquier equivocación se corregirá. Sin embargo, tiquismiquis como soy, no deja de mordisquearme las meninges (que son las que duelen), pensar que pueda haber constantes equivocaciones por no pararse a pensarlo un par de segundos.

Y dicho esto, me vuelvo a mi retiro zen.