jueves, 29 de noviembre de 2012

Aventuras en Primaria: 3. El escollo de la timidez


Los que me conocen desde hace algo de tiempo probablemente pongan cara de extrañeza al leer el título de esta entrada, probablemente porque han olvidado el primer contacto que tuvieron conmigo. Y es que cuando estoy en mi terreno, cuando conozco lo que me rodea, soy tremendamente extrovertido. Me encanta hablar, y lo hago hasta por los codos. Me han tenido que mandar a callar más de una vez, para mi rubor, y en ocasiones hasta puedo parecer pedante. Pero cuando piso terreno desconocido soy quizás demasiado cauto. Cualquier pequeño indicio de fracaso social me cohibe.

Y no hay terreno más desconocido para mí ahora mismo que la consulta del centro de salud. Y mi temor se acrecenta al saber que se me evalúa por mi actitud. Pensar que quizás no es el momento de hablar, que a lo mejor peco de soberbia si interrumpo o que podría equivocarme estrepitosamente al decir algo me agarrota a ratos la garganta. Y sé que sé más de lo que dejo ver, pero me atenaza ese temor "escénico" de estar en las trincheras, de poder hacer más mal que bien.

No sé si estoy haciendo bien o haciendo mal al ser tan comedido, pero quizás debería intentar tantear el terreno haciendo alguna pregunta o comentando algo sin miedo, y recular si veo que no es bien recibido. Quizás no tengo por qué preocuparme tanto: después de todo es la primera semana y es normal no estar como pez en el agua en un sitio que no he pisado antes (como estudiante).

Sea como sea, intentaré mañana salir de mi propia trinchera y participar algo más activamente aunque nadie me haya preguntado. A veces es tener cara lo que hace falta, y no taparse con un balde como en la imagen. Ya veremos qué tal sale el experimento...

martes, 27 de noviembre de 2012

Aventuras en Primaria: 2. Jano


09:00 - Consulta 9 de cierto CS de Las Palmas
Con la bien aprovechada parte superior del pijama que me obligaron a comprar para las prácticas de Ginecología y Obstetricia, mi fonendo de color hunter green, mi socorrida linternita y mis imprescindibles bics (cristal, que escriben normal), en compañía del binomio adjunto-residente, asisto a consulta tras consulta, tocando un poco de todo: cálculos de riesgo cardiovascular (bendito estudio de Framingham), seguimiento de diabetes, revisión de tratamiento psicofarmacológico, diagnóstico de patología reumática en formato Planeta Agostini (o sea por fascículos, como corresponde a tan esquivas enfermedades), reflujo gastroesofágico... Aprovecho para pulir mi maña con el esfigmomanómetro ("er manguito de la tensió, mire usté") y me apunto las cosillas que creo que deberían quedárseme grabadas.

15:38 - Sala de espera del mismo CS
Como si no hubiera sido suficiente la mañana, me veo acompañando a mi hermana pequeña en una urgencia. Esguince de tobillo izquierdo, el segundo en dos semanas. Una hinchazón tremenda, y un dolor que logró arrancarle un par de lágrimas a la habitualmente estoica Panter Woman. De lejos me ve la mitad del binomio, el adjunto, el profesor al que le he dado la brasa con mis problemas de horarios con la beca de colaboración y mi hiperdisponibilidad, gracias a vivir a 5 minutos del CS, en el resto del tiempo —vamos, que por si las muscae he preferido quedar de pesado que de pasota—; y me saluda con cierta cara de extrañeza. Más bien miedo, digo yo, porque debe estar oyendo la musiquita de psicosis cuando me ve aparecer por 5ª vez en 3 días a menos de 100 metros de sí. Le digo que voy "con la cojita" y se mete en la consulta. Me planteo que se esté planteando un Münchhausen por poderes motivado por una malsana adicción a las prácticas. Consulta con nuestro médico de cabecera, taxi hasta el CS donde nos hacen la radiografía, taxi de vuelta al CS. Mi médico saca la vena docente y me hace explorar a mi hermana. Tensoplast que te pego.

Y me vuelvo a casa con una sensación curiosa, como si me hubiera tirado en la nieve después de salir de una sauna a lo Mario Picazo. Ver en poco tiemo las dos caras de la moneda. Escribo precisamente con tan poco intervalo desde ayer porque hoy me ha pasado algo curioso que me ha hecho encontrarme aún más cara a cara (nunca mejor dicho) con la dicotomía de la que hablaba ayer sobre ir como paciente (o acompañante) e ir como estudiante en prácticas al CAP. Y la diferencia fundamental radica en la sensación de control, en el saber qué está pasando. Y conforme uno se acostumbra a la bata blanca, más nota uno esa separación cuando se la quita.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Aventuras en Primaria: 1. Pediatría

Hoy he empezado las prácticas de mi último año. Son las más largas de toda la carrera, prácticamente ininterrumpidas, e incluyen áreas que me parecen importantísimas para cualquier médico: Atención Primaria de Salud, Urgencias Hospitalarias (de adultos y pediátricas) y las prácticas de libre elección (el Servicio de Medicina Interna de uno de los dos hospitales de Las Palmas en mi caso).

En mi caso, comienzo en el centro de salud, y concretamente en el de mi barrio, "el mío". Es curioso, porque es como darle la vuelta a la tortilla. Dejo de ser paciente y verlo solo desde un lado a verlo en su totalidad, a sentarme al otro lado de la mesa y ver todos los tejemanejes administrativos que pasan desapercibidos. Además, esta rotación me permite ver muchísima patología que no llega a los hospitales, el único lugar donde hemos hecho prácticas hasta ahora, conocer el manejo de la "medicación de batalla" y participar de las relaciones médico-paciente que se dan en el ámbito de la APS, bastante distinta de aquella a la que estamos acostumbrados los estudiantes como sujetaparedes (de planta de hospital) profesionales —es una broma, no se la tomen a mal los profesores del hospital.

Y concretamente he comenzado en una de las consultas pediátricas. Los responsables de las prácticas en el centro de salud se encargan de que veamos un poco de todo lo que se lleva a cabo allí: consultas de demanda, concertadas, atención domiciliaria, enfermería, administración, trabajo social... Y al menos dos días nos toca estar con los pediatras. Aunque mis prácticas del año pasado me han dejado claro que soy demasiado selectivo con la pediatría como para planteármela centralmente (me enamoré de la neonatología, los cuidados intensivos pediátricos y las urgencias; mientras que las consultas y la planta me desesperaban un poco), agradezco mucho poder tener contacto con el día a día pediátrico. No en todos los lugares hay un pediatra para atender a los niños, y no solo eso, ante una urgencia o la patología más frecuente, sería un error no tener siquiera una idea.

Y lo cierto es que ha sido un buen primer día. He podido explorar yo, y el pediatra ha confiado en mi información, lo cual es un paso importante de la situación de "estorbo" a la situación de "miembro activo" de la actividad docente y, marginalmente como es natural, asistencial.

Cada día me queda más claro que lo mío es esto, que lo mío es estar en las trincheras y que las prácticas son mi "comfort zone". Solo me falta coger algo más de soltura y quitarme la vergüenza para terminar de disfrutarlas plenamente.

En fin, deséenme suerte. Les tendré informados, y ya veremos.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Peleado con la diabetes


He de reconocerlo, cada vez que tengo que estudiarme la diabetes mellitus arrugo la cara. Quizás sea porque me la han repetido hasta la saciedad desde 1º hasta 6º, quizás porque me agobia la perspectiva de que, si trabajo aquí en Gran Canaria un 13% de la población requerirá que me la sepa mejor que bien; o quizás por la sensación de espada de Damocles que me supone saber que mi padre y el padre de mi padre fueron diabéticos y que mis avances en esto del control de peso son digamos... modestos —he de reconocer además que escribo este post mientras se enfrían unas magdalenas especiadas de calabaza recién hechas que misteriosamente no han adquirido su característica forma champiñonesca, sino que son casi más un soufflé.

Déjenme ser más exactos, es el tratamiento de de la diabetes mellitus lo que más me hace retorcerme. La fisiopatología, el diagnóstico y demás me resultan interesantes de estudiar. Seguramente tenga que ver con eso de la repetición hasta la saciedad, porque el roce hace el cariño. Pero el tratamiento es para mí como enfrentarme a la habitación de mi hermana cuando ya no puedo aguantar y tengo que hacer algo para que no venga una manada de mapaches desde las Américas a hacer su guarida entre jersey y jersey. Los endocrinófilos entre mis compañeros me dicen que es muy sencillo, es solo seguir algoritmos; y yo les digo que tururú. Sí, hay unos algoritmos detalladitos y maravillosos que sirven única y exclusivamente para aterrorizar a los estudiantes. Porque cuando yo fui a las consultas, aquello era el summum de la individualización del tratamiento. Que oye, está fantástico, pero me resulta inabarcable. De hecho, en el examen de endocrino yo me estudié los malditos algoritmos y, siguiéndolos, la respuesta a las dos o tres preguntas de tratamiento de la diabetes mellitus era una de las cinco. Pues no, ¡zas en toda la boca! Era la otra, porque claaaaaro, en este conteeeexto... ¡Al carajo!

Sea como sea, sé perfectamente que la diabetes es un problema de suma importancia, no solo en Canarias donde es una plaga endémica junto con la hbesidad, el sedentarismo y todas esas amenazas terribles contra nuestro corazón; sino en todo el mundo desarrollado, donde la oferta exagerada de comida y el estilo de vida se han constituido como un templo a la resistencia a la insulina. Hoy 14 de noviembre, además de ser huelga general, es el Día Mundial de la Diabetes y aunque yo nunca he sido un gran amigo de esto de los días internacionales y demás —porque pienso que todos los días deben dedicarse a todo lo que es importante—, sí que entiendo y comparto que es una buena ocasión, visto que estará más presente en los medios, para recordar que la diabetes está ahí. Es una plaga lenta pero no por ello menos mortífera. Esta enfermedad es capaz de comerse todo lo que encuentra a su paso en el organismo, no hay nada dulce en la hiperglucemia. Hablando mal y pronto, hace daño a las retinas (pudiendo llevar a la ceguera), a los riñones (a necesitar diálisis), a los vasos sanguíneos y el corazón (falta de riego en los miembros o en el cerebro, con lo que eso significa, e infartos de miocardio) y daño a los nervios (haciendo que se pierda sensibilidad y puedan hacerse heridas que luego se curarán mal y pueden llegar a necesitar amputaciones, además de problemas en las funciones autónomas del cuerpo, como la digestión o la función sexual).

Por eso y porque no me gusta tener que estudiármela hay que intentar prevenirla, y cuando aparezca hacer lo posible porque no vaya a más y, sí, aunque me duela el proceso mental asociado, tratarla correctamente. Salva a BlackZack, sálvate.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Atención Primaria, Medicina Familiar y yo


El comienzo de la asignatura de Atención Primaria de Salud, desgraciadamente de libre configuración, me ha hecho reflexionar sobre mi relación con este ámbito y con la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria en concreto, por la cuenta que me trae. Me doy cuenta, dándole vueltas, que aunque me siempre me vendo como "carne de hospital" por mi amor —puramente académico, no se vayan a pensar— por las patologías graves, que necesitan monitorización estrecha, además de por el café aguado de máquina y la arquitectura laberíntica —que, si tienes vocación docente y te conformas con poco, te hace sentir el rey del mambo cuando puedes hacerle croquis a quien se pierde—, esto no nace realmente del conocimiento de causa. Al centro de salud he ido como paciente, nunca como estudiante, y sabe Dios que no es precisamente una experiencia maravillosa el estar en una sala de espera más o menos masificada, a merced de la siempre presente persona verborreica, con tu fiebre, tu diarrea explosiva o tus ataques de ansiedad que no te dejan dormir desde hace una semana.

Pero es que si hasta 6º no toma uno contacto siquiera casual con médicos de familia y todas sus prácticas son en servicios hospitalarios, difícil está el animarle la vocación de familiólogo a cualquiera. A todos nos meten en la cabeza que la Atención Primaria es clave en nuestro sistema de salud, pero muchos especialistas de los que nos dan clase —y con esto no digo todos, aclaro— no dan precisamente el mensaje más alentador con respecto a este ámbito y las especialidades que en él se desarrollan. En la facultad se oyen más esos casos que no fueron derivados a tiempo que la mayoría de las patologías que se resuelven sin problemas, se oyen más los estudios novísimos sobre tratamientos punteros que los programas de salud pública llevados a cabo a nivel de zona básica de salud. Y no quiero desmerecer a lo primero, válgame Dios, solo pretendo referirme a la realidad de la información que recibimos los estudiantes.

Encuestas realizadas hace no mucho sobre estudiantes de mi misma facultad dieron como resultado que muchos consideramos la Medicina de Familia una especialidad importantísima, en la que nos sentiríamos cómodos trabajando, si bien no es la primera opción para prácticamente nadie. Cuando pregunta un estudiante a su alrededor, las respuestas de sus compañeros a la pregunta: "¿Qué especialidad quieres hacer?" gravitan más hacia especialidades distintas de la Medicina de Familia. La siguiente pregunta que se me ocurre es si esta elección está fundada. Sabiendo que una gran mayoría de las plazas MIR corresponden a esta especialidad, por lo que asumirán a una mayoría de los opositores, ¿cuál es el grado de frustración? Es más, ¿es esta frustración, dándose, justificada o no?

Lo primero que me he visto obligado a hacer cuando me he puesto a reflexionar es reconocer que no tengo conocimiento de causa. No sé cómo es realmente el trabajo de un médico de familia, no sé cuál es la realidad asistencial y profesional de la Atención Primaria de Salud. ¿Y debo tomar una decisión sobre mi carrera profesional con un conocimiento sesgado? Quizás sea un poco arriesgado. O quizás lo sea aún más que Atención Primaria de Salud haya sido, hasta la aparición del Grado en Medicina, una asignatura ni siquiera optativa, sino de libre configuración; o que incluso en el nuevo programa conste solo de 3 créditos (de los cuales no sé si todos serán teóricos), que sea una gran olvidada en la formación cuando constituye el centro del sistema de salud para el que las universidades españolas forman a profesionales, y cuando será el ámbito en el que trabaje una gran cantidad de los mismos.

lunes, 5 de noviembre de 2012

El blog de la doctora Jomeini, de Ana González Duque


Por si no fuera poco conseguir dos premios de poesía, sacarse la carrera de Medicina, hacerse familióloga y batallar por las trincheras de urgencias, lidiar con el dúo dinámico que son Susanita y el Terro, volver a MIRizarse para meterse a anestesióloga, reanimadora y terapeuta del dolor (esta vez no fallo, ¿eh?) y hacernos a muchos los días más amenos con sus batallas en el lado oscuro del quirófano; la Dra. González alias Jomeini (por eso de las dietas fundamentalistas, creo recordar); ha publicado las peripecias de su alter ego, también Jomeini y también metida a residente de Anestesiología (R y TD) en Madrid. A muchos, desde la época del Fogón, nos mantuvieron en vilo sus noches en vela por su exnovio, sus vaivenes con cierto "miembro de la realeza" y sus batallas con la Castafiore; y ahora se ha convertido en una novela en papel, cumpliendo un sueño de nuestra querida Dra. Jomeini (la de verdad).

Hoy 26 de octubre sale a la venta El blog de la Doctora Jomeini, un libro al que le echaré la zarpa desde que lo tenga a mi alcance y que sin duda alguna recomiendo encarecidamente. ¿Que por qué? Primero porque lo escribe una mujer que, como ya ven, es todoterreno y además todo terreno que pisa lo pisa con visible garbo a pesar del pijama antilujuria y la sombra eclipsante de las Barbie quirófano que pululan por los hospitales. Segundo, porque es una novela que cuenta una historia más que creíble, que puede estar pasando a cualquier resi, y su clave de humor y el toque rollo Sex in the City, la hacen además muy divertida.

En tercer lugar, la recomendación que hago es más personal. De alguna manera, haber visto el germen de esta novela en su momento hace que uno no pueda sino compartir en parte el orgullo inmenso y la tremenda ilusión que debe sentir Ana al ver esto hecho realidad. Muchas felicidades, doctora Jomeini.

Creo que merece la pena enamorarse de esta novela y sus personajes, porque hay un trocito ahí de la Jomeini de verdad, de los resis, de los pacientes, del lado oscuro del quirófano y de la vida misma en definitiva; así que ahora, todo el mundo, ¡a por el libro! Y para el que no se haya decidido, aquí están las primeras páginas.