jueves, 25 de octubre de 2012

Reflexiones sobre ética y sociedad


De la misma manera que una sustancia en principio inocua puede convertirse en veneno mediante el cambio de la dosis, toda idea, por benevolente que sea en esencia, tiene la capacidad para convertirse en algo nocivo en mayor o menor grado cuando se la malentiende y, en consecuencia, se abusa de ella. Esto ocurre, a mi juicio, con conceptos como la libertad y la autonomía.

Para los que integramos esta blogosfera sanitaria, no es en absoluto desconocida la existencia de pacientes y familiares que exigen que se les atienda de una determinada manera, desoyendo los consejos que los profesionales le dan y haciendo caso omiso del criterio fundado que tienen estos por el mero hecho de haber sido formados en la materia. Pero esto no ocurre solo en el ámbito asistencial, ni en el sanitario: en nuestros tiempos es lícito hablar de cualquier cosa y de cualquier manera. Susurrar siquiera algo en contra de esto es catalogado de atentado contra la libertad de expresión. Lo que tan fervientes defensores del derribo de las barreras sociales olvidan es algo que cualquier amante de los cómics que se precie debe tener en mente, una frase que marcaría la vida de Peter Parker durante toda su vida: "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad". No es posible concebir la ganancia en libertad y autonomía, que no son en absoluto conceptos negativos o que deberían abandonarse —nada más lejos de mi opinión—, sin que vaya acompañada de una ganancia paralela en responsabilidad para poder manejarlas.

Soy un firme creyente en ese palabro bastardo pero muy bonito que es el "empoderamiento" (un calco del empowering anglo) del paciente, en el ámbito que me toca, y de cualquier usuario de cualquier servicio; de las personas en general en su vida. Pero es que el empoderamiento no consiste en dejar campo libre. Igual que a un niño inexperto se le educa para formar parte de la sociedad, a los usuarios de un servicio se les debe enseñar en qué consiste y qué hay a su disposición en cada caso para que puedan saber qué hacer. En definitiva, educación sanitaria, que no debe quedarse solo en promoción de la salud —un paso que aún no hemos dado como deberíamos— sino también en promoción de la eficiencia en el uso de recursos sanitarios. Suena utópico, conseguirlo al cien por cien lo es, pero quizás deberíamos tener la ambición de tender a esa totalidad.

Ahora, ¿cuál es nuestra situación y por qué es la que es? Bueno, el comportamiento poco empático y altamente individualista —que es a fin de cuentas lo que ocurre cuando un paciente desoye todo consejo y exige una determinada prueba o un determinado tratamiento— es una cosa que ocurre constantemente. Hay quien diría que somos "menos educados" que nuestras generaciones precedentes, aunque eso huele un poco a prejuicio intergeneracional. Sí es cierto, sin embargo, que miramos más por nosotros mismos y menos por los demás, tenemos un concepto más vago de lo que son los límites personales. No hay más que escuchar el lenguaje que usamos: el "usted" cada día se oye menos, nos referimos a otros congéneres como "tío" o "tía" sin discriminación alguna, y demás evoluciones del lenguaje que evidencian una dilución de las jerarquías informales que siempre han existido. La existencia de alguien con más conocimiento o autoridad se nos antoja un atentado contra nuestra indivudalidad, el poder que tenemos por el mero hecho de estar vivo. Y no necesariamente ha de ser un ataque: a mí no se me ocurriría confrontar a un profesor porque me corrija, o a un abogado porque me explique la aplicación de una ley, o a un enfermero porque me diga la mejor forma de cuidar directamente a un paciente determinado. ¿Por qué? Porque doy por hecho que saben del tema más que yo. Podré dar mi visión, matizar con mis preferencias y sembrar dudas sobre los conceptos que no me convenzan, porque si no no tendría pensamiento crítico, pero a falta de conocimiento, he de dejarme guiar y enseñar. Y sin embargo, como sociedad, esto no lo hacemos mucho. Karen Horney, autora de La personalidad neurótica de nuestro tiempo, deja caer que nos encontramos a caballo entre el narcicismo y el paranoidismo, ¿y no es cierto?

Es muy común oír "Vivimos en democracia" o "Esto es un país libre" como frase lapidaria en cualquier discusión. Y aquí es donde yo creo que hemos malentendido las cosas. En primer lugar, no somos protagonistas de una película de Hollywood sobre "derechos civiles", y por otro lado, la democracia y la libertad no pueden nunca ser comodines para decir o hacer cualquier cosa que pudiera hacer daño a terceros. ¿Y por qué lo hemos maletendido? Yo tengo una teoría, que además es muy visible en España. Tradicionalmente, las sociedades humanas han estado altamente jerarquizadas, a todas luces demasiado organizadas mediante la opresión de los inferiores mediante el monopolio del conocimiento. Pero el siglo XX ha sido una vorágine de avances tecnológicos y culturales. Hemos avanzado a toda velocidad hacia una sociedad que tiene muchísimas facilidades, y cada generación cuenta con ventajas abismales con respecto a la anterior (miren a los niños pequeños que tengan alrededor y díganme si no se sienten empequeñecidos ante su capacidad para manejar una tablet, un smartphone o un personal computer a la tierna edad que tengan). Esto también hace que las nuevas generaciones tengan un territorio virgen a su disposición, un territorio del que son los primeros colonos y, por tanto, amos y señores. Un alimento claro para el narcicismo social: "¿Qué vas a saber tú si de esto no había cuando eras pequeño?". Ha habido un gradiente muy marcado en cuanto a "modernidad", y esto nos ha metido en un frenesí. No hablemos ya de España, donde la dictadura franquista sumió a la sociedad en el oscurantismo nacionalcatólico excesivamente disciplinada y se vio de pronto sacada a la luz sin nadie que guiara. El destape, la movida madrileña y el auge imparable de los programas del corazón, en que se airean a gritos las intimidades de cualquiera; son muestras de esto mismo. El gradiente fue enorme.

Y es que los avances científicos y tecnológicos requieren romper un poco la ética, cargarnos nuestra empatía. Si no, ¿cómo someternos a nosotros mismos y a nuestros congéneres a lo desconocido? Un ensayo clínico, por ejemplo, es una ruptura obligada de la ética, puesto que sometemos a gente como nosotros mismos a tratamientos de los que no estamos seguros de si funcionarán bien, o al menos igual de bien que el alternativo. ¿Va aparejado al avance un deterioro de la integridad moral de la sociedad? Es en el siglo de mayores avances en el que ha habido dos Guerras Mundiales, y en toda la Historia se ha visto cómo las sociedades más avanzadas han aniquilado a quienes no estaban equiparados a ellos en tecnología. Es más, las mismas Guerras Mundiales han sido motores de muchísimo crecimiento científico. ¿Cuál es el precio moral del progreso? ¿Es inherente la pérdida de empatía a la mejora de las condiciones? Yo pienso que no.

En definitiva, creo que somos una Humanidad que se ha visto transportada a un mundo futurista de forma muy rápida sin darle tiempo a asimilarla. Y por tanto, como sociedad, hemos entendido el poder enorme que nos da la popularización de los avances tecnológicos y culturales, "de aquella manera", como buenamente hemos podido. No ha existido tiempo para entender dónde estamos, qué tenemos y cómo usarlo; y ante tantas posibilidades, hemos preferido —como es natural— sentirnos amos y dueños de todo lo que está a nuestro alcance más que nunca en la Historia. Esto se ha filtrado a los estratos más cotidianos de la existencia humana, y nos aferramos ambiciosamente al "empoderamiento" para defendernos de la amenaza de que alguien rompa nuestra burbuja y nos recuerde que no somos inmortales. Somos una sociedad adolescente —no paramos de hablar de nosotros mismos, estamos pegados al móvil y tenemos nuestra casa, la tierra, bastante desordenada—, y cuando lo tengamos claro es que podremos viajar hacia la adultez. Igual que (casi) todos los adolescentes crecen y maduran, yo creo que la Humanidad lo hará también.

2 comentarios:

  1. Hola en parte estoy de acuerdo en tu comentario,en otra parte no,soy una persona con depresión Mayor con varios intentos autoliticos,después de un ingreso voluntario en subagudos,sin tener problemas con nadie,al contrario estoy agradecida de todos los profesionales que allí me cuidaron,el hecho que me derivan a una Psiquiatra que primero de todo,parece que me haga un favor por visitarme,ni siquiera saluda cuando entro en la consulta,le digo que después de meses me encuentro fatal,con ideas que no me hacen bien y me contesta "que de donde no hay,no se puede sacar" nunca le falte el respeto a esta persona,es mas soy muy pacifica,al no mejorar acudo a un psiquiatra privado que es totalmente todo lo contrario de esta señora y después de dos visitas varios test y mucho hablar me diagnostica TOC y recaida de mi depresión mayor,entonces durante meses he estado mal,angustiada cada vez que tenia que ir al centro de salud mental a ver a una doctora que es psiquiatra por el titulo,no por vocación,entiendo que hay enfermos que son maleducados y que se creen que saben mas que el médico,pero también hay profesionales que no saben tratar a un paciente,bueno que me encanta tu blogg,ya te sigo!!! te dejo el mio con mis experiencias como paciente y como persona,te invito a que lo leas,gracias http://noeliaan.blogspot.com.es/

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  2. Hola Noelia y disculpa la tardanza en responder.

    Lamento que haya podido parecer que solo me refiero a la pérdida de educación por parte de los usuarios del sistema. ¡Nada más lejos de mi intención! Era un ejemplo y esperaba que no hiciera falta seguir ejemplificando, pero tienes razón en que puede parecer partidista. No, también hay muchos proveedores del servicio (entiéndase personal sanitario) que ha perdido la educación (o que nunca la ha adquirido). Después de todo, todos formamos parte de la misma sociedad y todos mamamos del mismo biberón intoxicado.

    Me alegra mucho que te haya gustado mi blog. Mil millones de gracias por tu aportación y por seguir Ya veremos. Le echaré un ojo a tu blog. Saludos.

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