jueves, 30 de agosto de 2012

Chimpún


"Bueno, espero que se readapte a la sociedad. Recuerde que las dos semanas post-ingreso son las más críticas. Para cualquier cosa estamos aquí." — así se ha despedido mi tutor de prácticas de mí. ¡Qué ataque más gratuito! Y por eso me voy con una sonrisa de satisfacción en la cara. Ha sido poco menos de mes y medio yendo todos los días a ver pacientes, a aprender de lo que tantas ganas tenía de volver a ver: exploración psicopatológica, psicofarmacología, y sobre todo, a los pacientes. Sus experiencias, tan difíciles de contar, sus dificultades, su entorno a veces tan convulso, y sus ilusiones, verbalizadas o no, de estar mejor. También ha sido mes y medio de encontrarme con pacientes que se salían de eso y no querían sino dejarse caer en la autodestrucción, de ver cómo el apoyo social de algunos se resquebrajaba hasta los cimientos y de asumir que había cosas que no podríamos revertir. 

La psiquiatría probablemente le guste a los cristianos más devotos, puesto que enseña muchas de las virtudes de su doctrina. Tener contacto con la salud mental es recibir una lección de templanza y paciencia. Templanza porque no puede uno intentar comerse el mundo, porque hay cosas que no sabemos y lugares a los que no llegamos; y paciencia porque no podemos enfadarnos porque una persona sea distinta a otra y las cosas no salgan igual para todos, porque no siempre las circunstancias son las mismas. También es una lección de humildad a través de la perspectiva: porque a veces lo que la gente llama "locura" es menos peligroso que lo que no se estigmatiza tanto, porque a veces todos tenemos que reconocer que el que no cojea, renguea. Y también enseña caridad, que yo prefiero denominar "empatía": la incertidumbre, el saberse fuera, de una forma u otra, de lo que la sociedad considera aceptable, es algo con lo que se vive ya no solo de puertas para adentro, sino sobre todo hacia fuera. Y lo he visto en los pacientes, he visto cómo el estigma les duele. Por haber tenido la mala suerte de tener una enfermedad, se convierten en forajidos, siempre vigilados, siempre temidos, muchas veces injustamente. Y los delirios, por desgracia, cobran parte de realidad cuando la sociedad te pone en el punto de mira.

Mes y medio aprendiendo, un poco por ósmosis y otra poca de forma activa, no solo de psiquiatría, sino de enfermería en salud mental, psicología, trabajo social... Un mes y medio de conocer gente nueva, de ver personas más allá de "los médicos" y "los profesores", de bromas e incluso gags que se convierten en rutina. Y no solo he visto a quien hay tras la bata blanca, sino también me han permitido a mí el hablar, el demostrar lo que sé, el reírme de mí mismo y dejar que se rían de mí porque soy "el friki" o porque "soy malo". Y sobre todo he visto en mi tutor el espíritu docente que a veces echo tanto de menos. Porque donde pudo haber dicho que sí y dejar que mis ganas de aprender quedaran en nada, él dijo que no. Por eso, otra vez, muchísimas gracias, A —y por las escapadillas relax a media mañana.

Por todo lo demás, por lo muchísimo que he aprendido y disfrutado, tengo que dar las gracias a todo el personal y especialmente, por cederme sin ninguna obligación un poco de su intimidad y la oportunidad de aprender de ellos, a los pacientes. 

PD: Volveré... o algo así. Ya veremos.

lunes, 13 de agosto de 2012

Veganismo nostálgico o el complejo de martir.


No es la primera vez que en Ya veremos hablo de vegetarianos, veganos y demás hierbas. Lo cierto es que hace no mucho me he vuelto a interesar por este tipo de dietas tras haber visto, en el programa de Ellen DeGeneres (a través de Youtube), cómo promocionaba el libro Vegan cooking for carnivores (Cocina vegana para carnívoros), escrito por el chef profesional de ésta y su esposa Portia, y por ellas dos, que escriben una el prólogo y otra el epílogo del tomo. El libro en sí me llamó la atención, pero precisamente porque está dirigido a mí, como miembro del público comedor de carne, al que ofrece múltiples recetas con productos que sustituyen con, según los que lo han probado, efectivamente a los de procedencia animal. Y ciertamente, lo que he alcanzado a ver de ese libro es fantástico para aquellos amantes de la carne que quieren pasarse al veganismo y a los que la transición les pudiera resultar traumática. Páginas web de recetas veganas incluyen una mayoría de recetas que requieren conseguir "pollo 'sin carne'", "queso 'sin leche'" y otras maravillas de la industria alimentaria.

Y tras mucho leer, sigo encontrando una nota disonante en todo esto, al menos desde mi punto de vista. ¿Qué sentido tiene el veganismo si luego está el nuevo acólito penando en busca del recuerdo de la carne? ¿No es eso un poco contrario a la misma filosofía vegana? Personalmente, y quizás porque, directamente, no me convence la idea de dejar atrás la carne; no puedo evitar ver cierto toque de inmadurez en el hecho de decidir no comer nada de procedencia animal y automáticamente dedicarse a buscarle sustitutos de procedencia vegetal. Si a esto le añadimos que muchas veces los más acérrimos defensores del veganismo suelen ir también en contra de las comidas procesadas y los conservantes, me surgen más dudas; puesto que la "carnificación" de la soja, la quinoa, las lentejas y otros productos —maravillosos, sinceramente— requiere un procesamiento industrial bastante profundo. Además, estos productos de "carne vegetal" son ostensiblemente caros.

Lamentablemente, y a pesar de las buenas intenciones que tienen, en principio, los veganos para con los animales; dudo que su iniciativa logre convencer a todo el mundo de que abandone la producción masiva de carne, con todo lo que esto conlleva. Y me convence de esto aún más el apoyo conceptual que le da a los productores de carne y a los carnívoros (u omnívoros, realmente) convencidos (entre los que me incluyo), el hecho de que la dieta vegana parece necesitar sí o sí conseguir sustitutos, más o menos parecidos a lo real, de la carne para que pueda ser disfrutada.  

¿Hasta qué punto puedo tomarme en serio a un vegano que no acepta una dieta sin el sabor de la carne? ¿Cómo sé que no es una exhibición del complejo de mártir por una causa superior, una flagrante sublimación (en palabras de Freud) al más puro estilo pasivo-agresivo?

Es la misma duda que me asalta cuando veo la propaganda "en favor" de la donación altruista de órganos que invita a no mirarla como ofrecer una parte de ti para que otro siga viviendo, sino como la oferta de un desconocido para que una parte de ti siga viviendo.

¿Vale la pena adscribirse a filosofías de las que uno no está del todo convencido, solo para quedar bien con la opinión general? A los que esperan que la gente se adscriba, ¿les vale la pena aceptar a gente que no cree realmente en la causa? ¿No es todo esto un poco mercenario?

viernes, 10 de agosto de 2012

Los psicofármacos y yo


Si hay una asignatura que me he estudiado mal es la farmacología. Es casi una obligación en nuestra facultad, al menos hasta este año. El modelo de examen pide conocer detalles de forma sumamente memorística y nombres de fármacos que son muy poco utilizados. Si a esto le sumas la ansiedad de tener que aprobar para conseguir créditos para las becas y que hay otras muchas asignaturas a las que prestar atención, estudiar farmacología se convierte en un mero trámite administrativo y un mal trago, como hacer la declaración de hacienda.

Y aunque estudiando este año la psiquiatría ha habido un repaso de la farmacología que es relevante en esta especialidad, el repaso es muy somero, puesto que se da por hecho que conocemos, verbigracia, los recovecos de los receptores D2, o la lista de efectos adversos de las benzodiacepinas. Pero no es así. Mi conocimiento es bastante limitado, y aunque tras tres semanas de estar en las trincheras de la psiquiatría de agudos y haberme repasado todo el material del que dispongo acerca de la psicofarmacología ya me veo algo más suelto entendiendo el uso de según qué antipsicótico, benzodiazepina, eutimizante o lo que sea, sí que noto la llamada del aprendizaje para llenar el hueco que aún percibo.

¿Qué le voy a hacer si soy un friki? Nunca he sido muy amante de la farmacología, pero en este caso me entusiasma aprender sobre ella. Puede ser porque es un tema más que polémico en salud mental y despierta mi espíritu "peleón" o porque, a pesar de mi enamoramiento más que obvio con lo psíquico, mi amor coexistente por la medicina más tradicional y organicista (el que me hace mirar hacia la medicina interna con anhelo), tengo una visión muy biológica del asunto, y me consuela encontrar el agarre de los datos científicos sólidos para explicarme fenómenos en principio tan fantasmales como son los de la mente; o las dos cosas a la vez. Por otro lado, el conflicto siempre existente entre los datos puramente científicos o sea la farmacología desnuda, y los intereses comerciales que a veces llevan a recetar un fármaco porque ha desatado una suerte de epidemia de "estreñimiento histérico" por una nueva molécula novísima, saca también mi espíritu crítico, y eso me anima a tener conocimientos con los que argumentar.

En definitiva, me atrae tanto el modelo médico de la salud mental, que a pesar de la animadversión que me hizo cogerle la correspondiente asignatura a la farmacología, siento que mi afán de estudiante vocacional me llama a hincar los codos. Eso sí, después del examen de septiembre, que uno es friki, pero no suicida.

domingo, 5 de agosto de 2012

Cuestión de Paradigma


Los que me siguen saben que me gustan mucho los juegos de rol. Uno por el que siempre he sentido una especial atracción es una de las tantas franquicias de White Wolf, Mago: La Ascensión, que forma parte de su (antiguo) Mundo de Tinieblas. Es un juego muy filosófico, en el que los jugadores interpretan a personajes humanos que han llegado a una iluminación que ha abierto sus mentes y ha hecho que se den cuenta de que lo que pensamos que es verdad no lo es, que todo puede ser alterado con la suficiente Voluntad. Sin embargo, los cambios que se hacen sobre la Realidad (o "el Tapiz") dependen de la imagen conceptual que tiene cada Despertado, cada Mago, el mundo ideal que visualiza. Esto es: su Paradigma.

Normalmente, los jugadores asumen el rol de miembros de las Tradiciones místicas, Magos que pretenden devolver al mundo la libertad para moldearlo al antojo de la Humanidad, reentrar en el mundo mágico que existía en la Edad Media y antes de que la Razón tomara el mando. Y uno de los principales antagonistas es la Unión Tecnocrática, una amalgama casi monolítica de hombres y mujeres que, habiendo visto de lo que es capaz el ser humano con un ejercicio de Voluntad, temen tanto el caos y el desmadre que consagran su Despertar a hacer que todo funcione con unas reglas fijas y estrictas. Son el Gran Hermano del que hablaba Orwell en 1984.

Y sus objetivos, bien mirados, son nobles. Temen que la Humanidad no sepa controlar su propio potencial y se dedican a funcionar como vigilantes del orden social y cultural. Ellos han asumido esa función como propia y la ejercen bajo cualquier circunstancia.

En nuestra sociedad, por suerte menos dramática y de ciencia-ficción (aunque no tanto), hay y ha habido muchos agentes de control social a lo largo de la Historia. Y cuando uno estudia la historia de la psiquiatría como disciplina, se da cuenta de cuánto tiempo ha pasado el psiquiatra (en todas sus encarnaciones) haciendo de guardián de la sociedad, separando de las masas a aquellos que son peligrosos, o que difieren con la mayoría. Desde los médicos brujos, trepanando a troche y moche, pasando por los Inquisidores que quemaban brujas con fidelidad a los dictados del Malleus maleficarum, hasta los dueños y señores de los manicomios de principios de siglo; ha habido siempre una figura que ha señalado a gente como enfermo, peligroso o las dos cosas, y la ha separado del mundo para hacer de vigilante.

Pero las puertas de los manicomios, en principio, están cerradas sin nadie dentro. Las imágenes arquetípicas de camisas de fuerza, habitaciones acolchadas que albergan a gente hasta la hora de su muerte o incluso "casas de los horrores" para el divertimento de la alta sociedad, han quedado, supuestamente, en material para las artes creativas. ¿Por qué entonces la sociedad parece seguir demandando de estas figuras, que ahora se han calzado las batas blancas de médico psiquiatra, que ejerzan como los guardianes del consenso?  Hay una sutil diferencia entre observar el modelo biopsicosocial y convertirse en el Gran Hermano. El psiquiatra es el médico encargado de prevenir, diagnosticar y curar las enfermedades mentales. Claro que las enfermedades mentales son tales en función del contexto sociocultural en el que surgen, pero todos tenemos claros que hay ciertos patrones universales, cosas que son indiscutiblemente un problema de salud mental. Luego hay muchas otras cosas que muchas personas adjudican a la Psiquiatría, cuando realmente deberían caer más en el saco de antropólogos, sociólogos y trabajadores sociales. Y aún así, no son pocos los haloperidoles que se gastan en amansar a las fieras más que en controlar la psicosis.

Es la relación bidireccional entre la enfermedad mental y el estigma social, y a la vez la banalización de la intervención psiquiátrica. Es la tendencia a igualar al enfermo mental con el indeseable lo que difumina la línea entre enfermedad y anomia social. Es la costumbre de mirar hacia otro lado porque da miedo lo que hace que se cree una costumbre de pedir de un médico que sea el tutor de su paciente, delegar el control en quien no es un controlador.

¿Debe ser el experto en salud mental un hombre de negro?