martes, 17 de julio de 2012

Pacientes - Hasta el alma


En la consulta de Psiquiatría, me acabo de reponer tras un inesperado aullido del paciente. Es joven, más joven incluso que yo, pero la esquizofrenia ya le ha roído el cerebro lo suficiente para adquirir la mirada perdida de quien no es capaz de conectar sus pensamientos a la realidad, ni con sus emociones.

¿Por qué aúllas? —pregunta el psiquiatra.
Es el diablo, que intenta robarme —responde, y su rostro se vuelve preocupado. Se señala a sí mismo y mira hacia donde estamos los estudiantes, buscando ayuda para explicarse, esperando que no le digamos lo que le han dicho todos: "que son cosas suyas"—. Me lo pusieron los vampiros, que se disfrazan de gente normal. Tengo miedo, porque no siempre sé cuándo otra persona es un vampiro o no.

El discurso es entrecortado, difícil, parece que tuviera que superar obstáculos.

Entonces, ¿tienes al diablo dentro de ti?
Sí. Todos. Todos lo tienen. Tú —señala al psiquiatra—, tú —a mí—, tú y tú —a mis compañeras—. Pero yo más —su sonrisa, completamente fuera de lugar, rápidamente se extingue para revelar de nuevo la máscara de ausencia en que la enfermedad ha convertido su cara. Ahora sí lo veo venir y no me asusta tanto: vuelve a aullar. Mira alrededor cuando lo ha hecho: no se siente seguro.
¿Pero por qué tienen tanto interés en ti?
—Porque Dios... yo puedo... matar a los vampiros. Soy el único.
—¿Te han elegido?
—Sí.
—¿Para qué?
—Para la guerra.
—¿Estás en medio de una guerra entre el bien y el mal?
—por un momento me da la impresión de que su cara recupera la normalidad. La preocupación y la angustia toman forma en sus facciones. No puedo evitar imaginarme estar en su situación: oyendo voces de ultratumba, sintiendo que fuerzas sobrenaturales controlan mi cuerpo y descubriendo inesperadamente una responsabilidad masiva.
¿Y tú quieres ser un elegido o preferirías ser un chico normal de 20 años? —el psiquiatra parece haber leído mi mente. Y yo espero los tres o cuatro segundos que le hacen falta a la mente del chico para dar una respuesta, espero que lo diga.
Un chico normal —responde, y el ansia de sentirse sano parece romper la maldición de la esquizofrenia, que lo aísla del mundo. Esas tres palabras logran hacer que pueda volver a emanar emoción, y que podamos identificarnos con él. Nos sentimos tristes junto con él; y a sabiendas de que la psiquiatría es la medicina del alma, las tres palabras que llegan a lo más hondo de la mía me hacen prometerme internamente, aún sin yo tener potestad ninguna sobre su tratamiento, que harán lo que puedan porque la suya deje de sufrir tanto.

jueves, 12 de julio de 2012

Paleta limpia y lienzo blanco


Hemos asistido hoy a lo que el mismo Presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy Brey, ha calificado como "el segundo recorte más grande de la historia de la democracia española". No termina de quedarme claro si en este caso, la palabra "democracia" debería escribirse con D —siempre me lío con estas cosas—, pero hoy me permitiré guardar el panhispánico de dudas y la ortografía para insistir en escribirla con minúscula. Y es que se nos va quedando pequeña. Si bien empezó como una democracia prometedora, la salida de treinta y tantos años de dictadura totalitarista que ninguna potencia extranjera tuvo a bien derrocar como sí hicieron y han ido haciendo con otras, la apertura a tantas cosas que los españolitos se habían perdido; no tardó en delatarse a sí misma como una versión "a la española" de lo que ocurre en otros países. Básicamente, lo que suele hacer todo lo español: mucho ruido y pocas nueces. 

Y es que la gente se empeña en el orgullo patrio. Pero me nacen siempre las mismas dos preguntas:

  • ¿Qué sentido tiene estar orgulloso de algo que no hemos conseguido por nosotros mismos sino que es un mero accidente de nacimiento? — Uno se enorgullece de haber criado bien a sus hijos, de haber conseguido un logro académico o profesional, de ser el campeón del mundo en fútbol (si eres Iniesta o Casillas, no el que se ha puesto la banderita al cuello y usa el plural mayestático sin encomendarse a Dios ni al diablo).
  • ¿De qué puedo estar orgulloso si somos, cada día más, el hazmerreír del mundo? — Nos las damos de país democrático y europeo, y no sabemos hacer la O con un canuto al lado de otras democracias europeas. Nos tiramos de los pelos con palabras como "financiero", "fiscal" o "macroeconomía", sin que nadie sepa nada del asunto; y los que se supone que saben, pues al parecer se aprovechan de nuestra ignorancia, o quizás es que son tan o más profanos en el tema que nosotros.
Somos uno de los países con menor presión fiscal, y aún así, ¿dónde están las retribuciones sociales? ¿Dónde está la Sanidad y la Educación que estamos pagando? ¿Dónde están el IVA (o el IGIC, para los más puristas de los pormenores)? ¿Adónde va a parar el IRPF? ¿A pagar campañas electorales cuyas promesas no se cumplen? ¿A crear los trajes nuevos del emperador del Levante?

No se han sabido hacer las cosas, y nuestra paleta se nos ha ido quedando limpita y sin colores. Muchas manchas resecas, pero nada con lo que pintar de verdad. ¿Y qué hacemos? ¿Qué hacen los ancianos que han trabajado toda su vida esperando que el Estado les cuide en sus últimos años? ¿Qué hacen los enfermos que no pueden valerse por sí mismos? ¿Qué hace toda esa gente que confió en las maravillosas perspectivas de constructuras y bancos en concierto y ahora se ven deshauciados y haciendo cola en el paro por la mañana y en Cáritas por la tarde? ¿Qué hacemos los jóvenes, a los que nos han dicho que estudiemos y nos preparemos, si ahora no podemos hacer nada con nuestros títulos? ¿Qué hace el potencial intelectual español que sale de los institutos si para obtener una beca parece que va a hacer falta estar tocado por los dioses?

Poco a poco, nos quedamos sin nada que hacer. Como digo: la paleta está vacía. Y nos quedamos además sin lienzo. Un lienzo con muchas firmas de orgullo patrio y chorradas que no le van a dar de comer a nadie. Pero un lienzo que no sirve para pintar. Es el tiempo de la huida, y lo creo firmemente. Es el tiempo, ahora o nunca, de tirar este lienzo que nos están maltratando tanto, de buscar otros nuevos fuera de aquí y pintar algo con lo que volver en el futuro para poder hacer de este país algo que no de tanta vergüenza como da ahora.