jueves, 15 de marzo de 2012

¿Y nosotros qué?


Cuando he de describirme ideológicamente, mi primera palabra es "científico". A pesar de que tenga el vicio malsano de pasar al pensamiento mágico para mis batallas internas, en lo que se refiere a entender el mundo y opinar sobre mi alrededor —la política, la sociedad, la ley, el pensamiento e incluso el arte, entre tantas otras cosas— suelo ir directamente a la filosofía científica, la que intenta buscar lo que son hechos y leyes universales para, en base a eso, proceder. Creo en los valores universales como raíz de cualquier sociedad, y creo que esos deben ser inalienables e inviolables. Más allá de eso, me parece bien casi cualquier relativismo.

Pero dentro de esos valores universales yo incluyo el respeto a la inteligencia de los demás individuos con los que compartimos la sociedad, y el respeto a lo que es verdad desde el consenso. Quizás porque me considero un científico, me siento relativamente cómodo con el consenso basado en los hechos contrastables. Por eso, descarto de un plumazo las pseudociencias, las charlatanerías; y cualquier cosa que no cuente con pruebas ni a favor ni en contra, lo aparto a un lado, en mi cajoncito de "lo abierto a la fe".

Y es que para mí la fe, entendiéndola como la creencia sin más prueba que la creencia misma, es un bálsamo para las heridas, para las soluciones de continuidad en el conocimiento. ¿Qué quiero decir con estas palabrejas? Que solo allá donde el conocimiento objetivo me deje sin respuestas, me permito el decir: "Yo creo que...". Porque después de todo, son estos actos de fe los que dan lugar a hipótesis, las hipótesis a teorías, y las teorías, con algo de suerte, a leyes.

Sin embargo, sobre todo en este campo que es el nuestro (de los sanitarios, quiero decir), en el que nuestros procederes condicionan de forma directa e indirecta la calidad de vida, o la vida en sí misma, de quienes están bajo nuestra responsabilidad; es importantísimo tener claro cuáles son esas "heridas" en el conocimiento. Igual que para explorar bien una herida real y que cure hay que limpiarla, el bálsamo, que alivia pero estorba a la vista, debe desaparecer por completo cuando se está ante un paciente, o ante la población para la que se diseña una política sanitaria. No es lugar ni momento para conjeturas. Por eso, como he dicho, descarto de un plumazo todo aquello que sepa que es mentira, y me reservo aquello en lo que solo puedo argumentar con fe ciega. Esa fe es para mí, para cuando sea yo el paciente.

El experto en sí mismo es el propio paciente, y donde solo quepa la fe, debe ser la suya propia a la que se aferre. Es que es más, incluso donde la ciencia ofrezca datos, no queda otra, aunque nos pueda doler según el caso, que aceptar la decisión del que, a fin de cuentas, es quien va a sufrir sus problemas de salud. Por eso, un organismo oficial, sea el que sea, ya sea un hospital o un centro de salud, o el Ministerio de Educación, o una universidad, no tiene, bajo mi punto de vista, el derecho de divulgar como verdades cosas que no lo son (porque no ha sido demostrado). Hacer lo contrario convertiría la divulgación y la enseñanza en un adoctrinamiento gratuito, una muestra de despotismo "desilustrado", porque los organismos oficiales nunca estarán al mismo nivel que el usuario medio: lo abrumarán, y lo convencerán incluso de cosas que no son buenas para él.

Ahora bien, hay que hacer algo de autocrítica. Aunque diga que éste es mi proceder, debo reconocer que no hablo siendo totalmente fiel a la verdad. Y es que hay muchos momentos en los que la pasión "científica" me puede y empiezo a meter hachazos en contra de cualquier cosa que me huela ligeramente a charlatanería. Soy asiduo a algún que otro blog sobre escepticismo (Magonia, La Ciencia y sus Demonios), y a veces no puedo sino percibir un tono de superioridad y de mofa ante los crédulos. ¿Hasta qué punto es eso compatible con los valores universales de los que yo soy tan forofo? ¿No es caer en esto, tan de moda, del bullying? ¿Contribuyen las críticas sangrantes a la charlatanería, por un lado, y a la credulidad, por otro; a que quienes han hecho caso de las mentiras que les contaban confíen más en "este otro lado de la fuerza"? A veces da la impresión de que se cae en algún tipo de fundamentalismo —¿fundamentalismo escéptico, fundamentalismo procientífico?—, lo cual implica que la razón se nubla, que el preciado escudo del conocimiento se desecha en un arranque pasional para pelear con las mismas armas, que hemos bajado de las piras en las que nos quemaba la Inquisición para poner a los inquisidores en las mismas tornas. Pero no creo que haya que pelearse con nadie, ni ninguna "amenaza ideológica" a la que quemar.

Puede que haya charlatanes que se aprovechan de los demás, puede que haya crédulos voluntarios que no hagan un mínimo de esfuerzo por tomas las riendas de sus vidas, pero... ¿y los escépticos? ¿Y los científicos? ¿Y nosotros qué?

lunes, 5 de marzo de 2012

Criptología Médica - Música de la mente


Durante mis dos semanas de prácticas en el servicio de psiquiatría, que han pasado, a mi pesar, un poquito sin pena ni gloria por mi currículum, he tenido tiempo de pensar, oyendo hablar a los pacientes, en cómo describir de alguna forma simplona e inteligible lo que les pasa por la cabeza de manera general. Y me han venido a la cabeza algunas canciones que podrían, solo con su música, y también con su letra, dar una idea aproximada de lo que es cada cosa. No sé si esto debería estar incluido en mi serie de Psicopatología for dummies de Criptología médica, porque no pretende ser en absoluto algo en lo que basarse, sino más bien algo ilustrativo, y también mi exposición de mi forma de entender las enfermedades mentales con las que he entrado en contacto.

Manía - Titanium, de David Guetta con Sia.

La canción habla de la liberación del yugo de alguien que nos hace daño, habla de asertividad y de cómo podemos hacernos menos vulnerables a los ataques externos. Sin embargo, si las metáforas de la canción se entienden de una forma algo más cercana a lo literal, a la capacidad de soportar cualquier cosa y resistirlo todo, puede parecerse a la manía. En mi caso personal, he visto varios pacientes que durante el episodio maníaco se sentían más libres de las presiones de su familia y los demás, capaces de ignorar todo aquello que no les gustaba oír o hacer.




Depresión - Mad world, de Gary Jules.

Desmotivación, completa apatía, ideas negativas sobre uno mismo, el entorno y el futuro, ideas de muerte... Creo que la canción es más ilustrativa que lo que pueda escribir.


Esquizofrenia y psicosis tóxicas - White rabbit, Emiliana Torrini.

Quizás es mejor para las psicosis tóxicas por su imaginería colorista y temática, y por su melodía algo caleidoscópica, pero me gusta también el tono algo monótono que tiene, me recuerda a los esquizofrénicos que he conocido, en los que la enfermedad ha ido erosionando su afectividad y haciendo que el mundo vaya perdiendo sentido a sus ojos (When logic and proportion have fallen sloppy dead...).


Ansiedad - Disturbed and Twisted, BSO de Vampire the Masquerade: Bloodlines (juego de PC).

Ésta la he elegido de una forma personal, porque la ansiedad es una compañera de muchos años, desde que era muy pequeño, y esta composición de música ambiental me parece perfecta para describir sin palabras de ningún tipo la sensación de estar viviendo en una película de terror, donde cualquier cosa puede ser más peligrosa de lo que parece en un principio, donde las cosas pasan cuando menos te lo esperas, y hay elementos inquietantes alrededor de ti siempre. A veces, la única cosa que se te ocurre, es escapar corriendo.



¿Qué les parece esta pequeña selección? ¿Se les ocurren otras canciones mejores? ¿Les parece que la música es una forma buena de intentar describir lo abstracto?