viernes, 19 de febrero de 2010

The Time Warp

[Contiene Spoiler (no muy importante) de Anatomía de Grey]

Acabo de terminar de ver el capítulo más precioso que recuerdo de toda la serie Anatomía de Grey. Es el último que ha salido en Estados Unidos, el número 15 de la 6ª temporada, The Time Warp. Y es precioso por varias cosas.

En primer lugar, el hospital Seattle Grace, dentro y alrededor del cual sucede toda la acción de la serie, decide recuperar por iniciativa del jefe del departamento de cirugía la costumbre de hacer sesiones clínicas, aunque ellos los llaman "lectures", que viene a ser lo que se entiende por una clase magistral. De hecho, tal parece que está configurado de esa manera abierta, para que suba un orador (adjuntos los tres que subieron) y hable, aunque se preseta bastante a la presentación de casos, y de hecho, es lo que hicieron los tres, añadiendo un poco ese toque de discurso que les encanta a los guionistas de las series, a los estadounidenses en general (Oh, the American Dream!) y a los cirujanos del Seattle Grace en especial.

Tres personajes se han subido al escenario del salón de actos y han expuesto casos que, por alguna razón o por otra, consideran importantes tanto para enseñar a los médicos a su cargo como para su propia experiencia personal. Estos personajes han sido la Dra. Miranda Bailey (cirujana general), la Dra. Calliope Torres (cirujana ortopédica) y el Dr. Richard Webber (cirujano general), y han hecho lo mismo, revivir sus respectivas épocas de residencia, unas más recientes que las otras (la de Callie tuvo lugar al mismo tiempo que la primera temporada de la serie, de hecho se hace referencia a la operación a corazón abierto de urgencia que realizó O'Malley en un ascensor en su primer año como "intern").

Las tres historias han estado intercaladas y revividas con flashbacks muy bien ambientados en tres décadas consecutivas (los 80 para el Dr. Webber, los 90 para la Dra. Bailey y este principio de siglo para la Dra. Torres), y han hecho referencia a varios problemas de la profesión médica, como son la omnipotencia que a los médicos se les supone, la necesidad de la resignación, la incertidumbre, y la humanidad que debe mostrarse a los pacientes que tratan.

Año 1982, paciente varón, en la veintena. Acude al médico por signos de neumonía. Tras hacerle pruebas se descubre infección por un hongo, Cryptococcus neoformans. Se trata de un hongo que en Medicina se denomina oportunista, es decir, que en personas con su sistema inmunológico intacto causa enfermedad muy raramente, pero sí en pacientes inmunodeprimidos. Se le pregunta si ha estado en países donde pudiera estar en contacto muy estrecho con ese tipo de hongo o si trabaja con animales exóticos de algún tipo. Estos antecedentes epidemiológicos no son aplicables, y tanto el Dr. Webber como la Dra. Ellis Grey (madre de la protagonista de la serie) se ven obligados a preguntar sobre las costumbres sexuales del paciente, porque sospechaban de lo que se denominaba GRID (Gay-related inmune deficiency = Deficiencia inmunológica relacionada con homosexuales), y que hoy en día conocemos como SIDA (AIDS, en inglés). El paciente se ofendió: tenía novia y estaban acusándolo de haber tenido relaciones sexuales con hombres. Ambos residentes son penalizados por la falta de respeto. Sin embargo, meses después, el hombre vuelve, claramente debilitado y con lesiones propias de un tipo de tumor llamado sarcoma de Kaposi, relacionado también con la inmunodepresión. El paciente, asustado, admite su homosexualidad y sus relaciones fuera de la pareja en busca de ayuda. Pero no se conocía casi nada de esa extraña enfermedad que acarreaba tantas otras consigo. Parecía una plaga, un castigo divino contra los homosexuales. El miedo hacia estos, y el odio que de él nace, convertían a los gays en algo peor incluso de lo que muchos ya pensaban. Ahí es donde los doctores Webber y Grey se enfrentan a su propia humanidad y su impotencia. El paciente, Phillipp, está muriendo ante sus ojos de una enfermedad desconocida, mientras el hospital los mira a los tres (el homosexual, la mujer trabajadora y el negro) con esa desagradable mezcla de pena y desprecio. Incapaces de hacer nada, los médicos se resignan y acompañan a Phillipp en sus últimos momentos, los tres unidos de las manos mientras el monitor deja de mostrar ondas en el electrocardiograma.

Década de los 90, Miranda Bailey está en sus primeros días como "interna" y ya es capaz de responder a las preguntas con mayor presteza y seguridad que la residente a cuyo cargo se encuentra. Tienen el caso de una paciente con dolor abdominal que no remite y parece que tiene colelitiasis (piedras en la vesícula), con su consecuente colecistitis (inflamación de la vesícula biliar). Se le realiza una colecistectomía (extirpación de la vesícula biliar), y el dolor parece remitir. Al mes siguiente, la paciente vuelve por urgencias por dolor en el cuadrante inferior derecho del abdomen, fiebre, vómitos y demás síntomas compatibles con apendicitis. Pero al abrir el abdomen, el apéndice está perfectamente sano. El dolor no remite, y además tiene bastante fatiga. La residente al cargo del caso deduce que se trata de un trastorno psicosomático secundario a una depresión, y la deriva a Psiquiatría. Pero la Dra. Bailey insiste en otras causas, que bien podían ser extrañas con esa presentación, pero no imposibles a su juicio: una enfermedad autoinmune como el lupus (se ve que House ya no lo quiere y GA se lo ha robado), una intoxicación por plomo o quizás una enfermedad metabólica, como la hemocromatosis (consiste en una imposibilidad para metabolizar bien el hierro, por lo que éste se acumula de manera anormal y perjudicial en los órganos, especialmente el hígado). Sin embargo, nada de lo anterior parece ser la causa tras realizar las pruebas, así que vuelve a tomar peso la depresión. Meses más tarde, la paciente vuelve a ingresar por su dolor abdominal, que se agudiza y se hace extremo durante una noche. Sospechando una obstrucción de algún tipo por las cirugías previas, se programa una laparoscopia exploratoria (se introduce un endoscopio en la cavidad abdominal para buscar alguna anormalidad, en principio, completamente desconocida). La Dra. Bailey, que se la encuentra por casualidad, se fija entonces en el color oscuro que ha tomado su orina. Revisa la historia y descubre otros signos, como debilidad, palpitaciones, y demás cosas que le hacen deducir el diagnóstico: porfiria (una enfermedad metabólica hereditaria en la que fallan las enzimas destinadas a la síntesis del grupo hemo, parte de la hemoglobina necesaria en la sangre). Lo más interesante de este caso no es precisamente la corrección o no del diagnóstico, ni el realismo de cómo ha sucedido todo, sino la importancia de la historia clínica y el trato con el paciente. Si bien esto es algo que muchas veces suele recaer en los especialistas médicos, más que en los quirúrgicos (a los que suelen llegar los pacientes con patologías ya diagnosticadas y en busca de tratamiento), no deja de ser importante en general. No se puede simplemente esperar tener el diagnóstico con dos o tres datos. A veces hay que sentarse a hablar con el paciente, recabar datos, y una vez recogidos, ordenarlos para que sean coherentes, para que el rompecabezas se forme y el diagnóstico venga casi por sí solo. Quizás sea una fumada de los de Interna, pero en principio, más del 50% de las patologías son perfectamente diagnosticables sólo con la suma de la historia clínica y la exploración física básica, quedando las pruebas complementarias más para confirmarlo que para llegar a pensar en él.

Sea como sea, hay que tener en cuenta que la Medicina no es algo que se pueda ejercer como quien ficha en una fábrica y hace el mismo trabajo todos los días. Se está asumiendo una responsabilidad muy grande, y se está tratando con otros seres humanos a los que un error les puede costar la salud e incluso la vida. Se está uno comprometiendo con el contacto con las intimidades más profundas de algunos pacientes, y desde luego, con los que son momentos, cuando menos, angustiosos de su vida: los de enfermedad, ésa que te recuerda que eres tan mortal como cualquier otro, ésa que te iguala a todos los demás, como en el siglo XIV se empeñaba en recordar el tópico del memento mori y los susurros de la peste.

Vivimos en una realidad. Hay que saber enfrentarla, hay que entender cómo funciona y actuar en consecuencia. Cuando no se puede, no se puede, y la vida sigue, guste o no. Dure el tiempo que dure, debemos intentar que sea digna y que pase con los menores traumas posibles.

Como estudiante, intento tener esto bien claro, que no se me olvide en el tiempo que me queda para ser médico. Cuando eso llegue, ya veremos.

3 comentarios:

  1. Aunque no recuerdo el capítulo (quizá no lo haya visto, en algún momento me desenganché de la serie y no recuerdo en qué temporada), tu entrada me ha parecido muy emocionante.

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  2. @Rita: ¿o_O?

    @Eva: Ya te digo, es el último que ha salido en EEUU :P

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